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Falta de quórum

13 de Enero 2020 Columnas

El valor de la democracia es algo en lo que coinciden, aparentemente, todos los partidos políticos chilenos, al punto de que algunos de ellos la incorporan en su propio nombre. En cuanto forma de gobierno basado en el respeto de la mayoría, se opone fundamentalmente a la arbitrariedad, ya sea que provenga de un tirano (autocracia) como de un cierto grupo privilegiado (plutocracia). Ahora bien, la democracia es frágil. Su mantenimiento exige no sólo el acuerdo de todos, al menos en términos prácticos, sino también la defensa de condiciones mínimas que la posibiliten. Y la opción que tiene todo parlamentario de abstenerse de votar, o bien de ausentarse voluntariamente a una votación, y que, como resultado de tales circunstancias, ésta se anule bajo la premisa de falta de quórum, atenta contra la propia esencia de la democracia por una simple razón: se impide activamente que prevalezca la opinión mayoritaria.

Sin embargo, nadie parece cuestionar, abierta y seriamente, tal manera de proceder. Para el ciudadano corriente, resulta normal ver en los noticieros las sillas vacías de una u otra Cámara en momentos específicos, así como los recuadros amarillos en las pantallas del Congreso. Con el tiempo, se ha acostumbrado a que importantes iniciativas políticas, reformas y proyectos de ley, queden truncas debido al absentismo y a la indecisión. Entonces, cabe preguntar cómo es posible que nos hayamos habituado a una práctica tan antidemocrática. Más aún, cómo es que nuestros representantes, democráticamente elegidos, a sabiendas de la debilidad de la voluntad y de lo caprichoso de la naturaleza humana, no han buscado, activa y honestamente, imponerse en forma colectiva las normas que resulten necesarias para limitar las posibilidades de contravenir aquello que representan. ¿No es razonable, acaso, que independientemente de quienes asistan, ha de garantizarse, dada la importancia que reviste, el proceso de toma de decisiones, aceptándose finalmente la resolución de la mayoría presente? ¿Y que cada parlamentario, siempre en conformidad con su propio juicio y sentir, tenga la obligación de votar? Después de todo, ¿qué sentido tiene la labor parlamentaria sino el voto efectivo, como acto simbólico de la representación de cada sector electoral?

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