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Faceapp

22 de Julio 2019 Columnas

En política se dice que una semana es mucho tiempo. En el caso particular de esta semana, gracias a Faceapp, han sido muchos años los que se nos han venido encima a quienes hemos jugado con esta aplicación.

 Algunos están preocupados porque detrás de esta “inocente” forma de hacer variar nuestros rostros, se esconde la venta de información de reconocimiento facial a empresas. A pesar de esto, resulta difícil resistirse a probarla cuando lo que está en juego es una poderosa fuerza, llamada vanidad.

Y es que nuestra apariencia, como el miedo a la vejez, es algo que ha obsesionado a la humanidad. Comencemos por lo último. Más allá de la mitología, la búsqueda por parte de algunos conquistadores de la fuente de la eterna juventud, fue un hecho verídico, como también lo fue la búsqueda del “Dorado”. Esta obsesión ha sido recogida por algunos cuentos clásicos de los hermanos Grimm a inicios del siglo XIX y luego popularizados a través del cine por Walt Disney. Un par de ejemplos: Blanca Nieves y Rapunzel a mediados del siglo XX. Ambas historias giran en torno a mujeres que luchan por mantener sus rostros lozanos, sacrificando la vida de otros para alcanzarlo.

Respecto a la apariencia. La historia cambió radicalmente con la introducción de la fotografía a fines del siglo XIX. Hasta antes de eso, la imagen que tenía cada uno de sí mismo estaba distorsionada por el reflejo que otorga un espejo, siempre engañoso, y, en las clases más altas, por los retratos hechos por los pintores.

Al igual que en las selfies, los pintores debían preocuparse por obtener la mejor cara de su cliente y no, precisamente, una imagen real. Esto explica que hayan pasado al olvido las horribles cicatrices que dejaba la viruela en las personas, la falta de dientes, el rigor del clima en los rostros, en una época donde no existían las cremas que tenemos ahora, a lo que había que sumar heridas de guerra, cuyas marcas desfiguraban de por vida. Esta es la razón por la que, por ejemplo, en las imágenes que se conservan de Diego de Almagro casi siempre lo vemos de perfil ¿Para qué exponer que había perdido un ojo a manos de los salvajes indios de Centroamérica?

Pero no sólo se necesitaba dinero para obtener un cuadro. También se requería tiempo para que el pintor pudiese realizar una imagen acabada de su cliente. El caso más emblemático es el de Diego Portales, quien antes de político era comerciante. Luego del inesperado y trágico deceso de Portales, las autoridades se percataron de que nadie lo había retratado. Hubo que recurrir entonces al recuerdo y a la imagen más cercana, la del hermano más parecido al ministro. Claro, con veintidós hermanos que, se dice, tenía, no debió haber sido difícil encontrar a alguno que se pareciera. En estricto rigor, las imágenes que conocemos de Portales no corresponden al él.

Todo eso cambió con la fotografía. Por fin, la humanidad pudo tener una imagen objetiva de cómo nos veíamos. Aunque muchas veces las fotos no nos gusten, la culpable no es la tecnología, sino la herencia genética que recibimos de nuestros padres. Eso no quita que hagamos lo imposible por buscar aquella imagen en la que nos veamos mejor y que, paradójicamente, termina siendo la que menos se parece a nosotros (aprovecho este párrafo para insistir en que cambien la foto que acompaña normalmente mi columna).

Finalmente, y como en una tragedia griega, por mucho que nos esforcemos por evitarlo, la gravedad terminará haciendo efecto en nuestras caras hasta transformarlas en rostros de ancianos. Está en nosotros, individualmente y como sociedad, aprender a valorar esa imagen como una representación de la sabiduría que entregan los años. Quizás el primer paso sería dejar de calificar a las personas de mayor edad como viejos o de tercera edad para, siguiendo el ejemplo de los argentinos, comenzar a hablar de ellos como “gente grande”.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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