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Erizos y zorros

2 de Enero 2019 Columnas

En 1953, Isaiah Berlin definió en su ensayo “The Hedgehog and the Fox” lo que, para él, eran dos tipos principales de pensadores: los denominados “erizos” sobresalen por su sistematicidad y orden analítico, cuestión que se refleja no tanto en la elocuencia de su pensamiento cuanto en la veracidad concreta de lo que estudian, dicen o hacen. Los “zorros”, por el contrario, son dispersos y contradictorios, lo que, sin embargo, les permite vivir con menos ataduras y más tranquilos ante la inevitabilidad de la vida trágica. Los erizos suelen saber una sola gran cosa; los zorros saben muchas, pero ninguna en demasiada profundidad.

Berlin utilizó esta metáfora en muchas de las semblanzas biográficas que escribió. Lo que yo no sabía, pues no había leído la magistral biografía de Berlin escrita por Michael Ignatieff, es que el propio Berlin fue siempre un zorro en busca de convertirse en erizo. El pensador lituano-judío-inglés tenía, precisamente por su tránsito vital, una identidad de múltiples aristas: nunca congenió del todo sus primeras lealtades sionistas con sus servicios de inteligencia a un país —Inglaterra— que, al menos en un principio, apoyó la causa árabe.

Sus trabajos filosóficos, por su parte, solían chocar con sus intereses historiográficos. Se podría decir que Berlin terminó siendo un historiador de las ideas, pero para ello divagó por diversas disciplinas y temáticas. Con todo, a fines de la década de 1950 Berlin encontró el hilo que conduciría el resto de su vida académica. En su ensayo “Two Concepts of Liberty” resumió dos formas de concebir la libertad, así como los diversos grados de opresión que la autoridad puede ejercer en nombre de ella. Los “verdaderos liberales” creen en la libertad “negativa”, es decir, “aspiran a restringir la autoridad en sí”, mientras que los demás “aspiran a tenerla en sus propias manos”. Estos últimos defienden la libertad “positiva” y ven al Estado como el principal garante del bien común.

Por supuesto, los liberales pueden combinar tradiciones y posiciones cuando se enfrentan a un dilema específico; de hecho, liberales como Adam Smith no dudaron en aceptar la presencia de la autoridad en ciertos ámbitos (como la educación inicial). No obstante, también es claro que hay diferencias profundas entre ambas libertades y que Berlin fue, a pesar de sus coqueteos con la socialdemocracia, un liberal de corte “negativo”. Esto lo diferenció, por ejemplo, de John Rawls, pero también de liberales más economicistas, como Milton Friedman.

Al final de cuentas, el Berlin erizo de “Two Concepts” nunca abandonó del todo su individualidad de zorro. La empatía y el pluralismo liberal fueron su guía, y por eso es tan difícil (y ésa es, finalmente, su principal gracia) encasillarlo en un molde preestablecido.

Publicada en La Segunda.

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