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En defensa de la diversidad

6 de Mayo 2019 Columnas

Si la diversidad es lo propio de las sociedades modernas y de la democracia liberal, el grado de entusiasmo político que genera es disímil. Algunos la ven con sospecha por ser disruptiva del statu quo. Otros simplemente la toleran. Sin embargo, hay potentes razones para abrazar la diversidad con fuerza. No solo utilitarias, sino también deontológicas ancladas en una defensa fuerte de la libertad.

Desde la vereda utilitaria, una sociedad abierta a la diversidad se beneficia de la competencia de múltiples ideas como fuente de creación de conocimiento. A su vez, aprovecha al máximo los variados talentos y capacidades que sustentan el intercambio y la división del trabajo. Las sociedades cerradas, que limitan la diversidad y la inclusión, desperdician talentos, conocimiento y valor.

La riqueza de la diversidad se expresa también en el plano comunitario. Es en la diversidad que la complementariedad, la colaboración y la asociatividad tienen razón de ser. Por el contrario, en la uniformidad hay poco espacio para ello. La diversidad así vista es condición de posibilidad para una sociedad civil vigorosa anclada en diferentes comunidades de intereses que se asocian para la promoción de bienes privados y públicos.
Existiendo buenas razones prácticas en defensa de la diversidad, también hay potentes argumentos deontológicos conectados con una reivindicación fuerte de la libertad. Si la aspiración última de esta es la autonomía para que los individuos sean autores de sus diferentes proyectos vitales mientras no afecten el mismo derecho de otros, se sigue que libertad y diversidad son dos caras de la misma moneda.

La diversidad así entendida tiene un valor intrínseco por ser inseparable de la dimensión más importante de nuestra existencia y felicidad: forjar nuestro plan de vida. Valor intrínseco cuya justificación moral se ampara en la máxima kantiana de considerar a las personas siempre como fines y no como meros medios del colectivo o de una suerte de felicidad social a la cual debieran amoldarse. ¿Puede haber un gesto de mayor empatía y reconocimiento de la dignidad humana?

Tratar a los individuos como fines implica reconocer, como señalaba Berlin, que sus propios fines son inconmensurables y no pueden ser subsumidos en una regla de cálculo, ni intercambiados en favor de iluminadas visiones de lo que debiera ser la vida buena. Valorar la diversidad a la luz de la libertad implica renunciar a la pretensión de proclamar cierta forma vida buena a ser privilegiada por el Estado en desmedro de otras formas a priori igualmente valiosas.

Si diversidad y libertad son inseparables, esta última es un todo que comprende libertades civiles, políticas y también económicas, todas ellas fundamentales en la construcción de diferentes proyectos vitales. Esto implica que abrazar la libertad por parcialidades solo puede derivar en una diversidad empobrecida. Es lo que resulta de la mirada de cierta derecha para la cual la libertad parece quedar reducida a su dimensión económica. Pero también de una izquierda que, autoerigiéndose en adalid de la diversidad, es desdeñosa de la libertad económica y de su contribución a la autorrealización de planes de vida valiosos y diversos.

Publicada en La Tercera.

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