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El regreso de la ¿mala? cocina

9 de Enero 2022 Columnas

20 horas duró la primera ronda de votaciones para elegir esta semana a la nueva mesa de la Convención Constitucional. Un proceso que fue lento, algo tortuoso, pero que culminó con la nominación de la académica María Elisa Quinteros a la cabeza de la entidad.

La jornada fue larga, extenuante y recibió una serie de críticas por la dificultad de los convencionales para llegar a acuerdos. Y cuando lo lograron, más importante que los hechos fueron las explicaciones y la capacidad de crear realidades.

Entonces, tras dos días infartantes, las lecturas fueron distintas. Una de ellas fue la del convencional Agustín Squella, que en plena discusión advirtió que “no dimos una buena imagen con esa sucesión de votaciones infecundas, varias de ellas erráticas, y que solo ponían de manifiesto el egoísmo, la ineptitud y la falta de experiencia política de los colectivos más numerosos que hay al interior de la Convención”.

Aquello fue retrucado por el exvicepresidente Jaime Bassa, que -como si hubiera estado en otra convención distinta- aseguró que “el país no está acostumbrado a ver estas nuevas formas de deliberación pasiva, abierta, al aire libre, sin techos sobre nuestras cabezas, sin paredes rodeándonos. (…) Una deliberación democrática y pública que se da a ojos de la prensa”.

Por añadidura, el abogado explicó que lo vivido en las nueve rondas de votación era “una forma de democracia real que el Chile del siglo XX no conoce” y dijo que no le extrañaba que personas como Squella no la entiendan porque es algo “empujado por las nuevas generaciones”.

Esas palabras parecieron incendiar la pradera. Ahí, Squella contratacó recordando que aquella expresión fue usada por Hitler y exclamó “¡Vaya presuntuosidad y abuso creer que desde esa noche hay una nueva democracia! Lo que hubo esa noche fue mala política, improvisada, egoísta, plagada de zancadillas”.

¿Cuál de esas dos versiones es la real? ¿Hubo dos convenciones paralelas y no nos enteramos?

Más allá de las lecturas respecto de cómo se reordenaron las fuerzas políticas –que en la constituyente es pan de cada día-, ambas visiones contrapuestas tienen algo de cierto, dando muestras de un fenómeno más complejo: la lucha generacional en la política, donde la pretensión de eliminar a los “viejos vinagres” del regreso a la democracia se asemeja a la soberbia del adolescente que cree sabérselas todas y puja por independizarse emocionalmente del padre. El hecho que tras la dictadura los cuadros dirigenciales prácticamente no cambiaran con la llegada de la democracia, hizo que la entrada de la siguiente generación se pospusiera hasta ahora. Eso está cambiando y una muestra clara es la llegada de Gabriel Boric a la Presidencia. Pero lo que la nueva generación no está valorando es la experiencia de los viejos, algo muy propio de nuestra cultura, en una muestra de edadismo que denosta la sapiencia de los mayores. Lo refundacional de la adolescencia está hoy presente. Para bien y para mal.

Hay otro tema en estas lecturas también, que tiene que ver con la demonización de conceptos que se han convertido casi en satán hecho carne y que se asocian a la vieja gestión de lo público. Así, por ejemplo, el debate, la negociación propia de una institución política, la famosa “cocina”, se han transformado en los últimos años en lava caliente, en circunstancias que la deliberación y el ser capaces de llegar a acuerdos forma parte fundamental de la convivencia humana y, por cierto, de la administración del Estado.

¿Qué queda de esto para la ciudadanía? Un mix en el que se mezclan tres posturas: dos más apasionadas, los que creen que fue efectivamente una muestra de democracia y lo felicitan, y los que piensan que fue una cocina a imagen y semejanza del Congreso (otra institución caída en desdicha). Y un tercer grupo que o no se enteró o le dio exactamente lo mismo.

Lo cierto es que efectivamente lo que ocurrió esta semana fue una muestra de democracia, concepto que hay que recordar que también cayó en desgracia durante algo más de dos mil años (Aristóteles la llamó una mala forma de gobierno).

Hoy la respetamos y la validamos. Y esa “cocina” tan denostada por la nueva generación es precisamente parte de la democracia, cuya esencia está en la deliberación y negociación para buscar el mejor final en pos de la ciudadanía. Eso fue lo que vivimos esta semana, se logró llegar a buen puerto, aunque el proceso haya sido algo traumático.  El Frente Amplio y la convención no han inventado la pólvora, están trabajando como debe ser en política: llegando a acuerdos.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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