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El placer de una nueva lectura

23 de Mayo 2019 Columnas

Cada vez se me hace más difícil encontrar tiempo suficiente para leer libros enteros. Los académicos nos hemos acostumbrado a desafiar nuestro intelecto por la vía de artículos “indexados” cuya exagerada especialización no alcanza, ni de lejos, a cumplir con los estándares de una escritura estructurada y amigable. Atrás quedaron los días en que podía dedicar algunas horas diarias a gozar la lectura sin obligaciones ni deadlines.

La libertad que otorga el acto de leer pausadamente ha cedido el paso a una producción desenfrenada; el desorden de las lecturas pasadas —él mismo una expresión de libertad— ha sido vencido por la automatización de los papers que nadie quiere pero que, sin embargo, estamos obligados a escribir.

La semana pasada mi mujer me regaló el libro póstumo de Stefan Zweig, el escritor austriaco a quien le dediqué una columna hace unos meses, luego de haber devorado sus muy recomendables memorias. “Novela de ajedrez” (se puede encontrar con otros nombres similares) es un libro corto, preciso, directo. No contiene grandes aspiraciones literarias y, de hecho, es bastante menos trabajoso que otras obras de Zweig, como “María Antonieta” o “Fouché”. Con todo, es quizás esa simpleza del lenguaje, ese poco pretencioso objetivo último lo que la convierte en una novela señera. La versión de la editorial Acantilado cuenta con la excelente traducción de Manuel Lobo, la que en 94 páginas presenta a un Zweig ya maduro, suelto y sin la necesidad de mostrarse grandilocuente ni ampuloso.

La novela narra el juego entre el campeón mundial de ajedrez Mirko Czentovic y un aficionado desconocido. Lo interesante no es tanto la partida entre ambos, cuanto el análisis político que hace Zweig al resumir la historia de ese extraño personaje que él denomina “señor B”. Por supuesto, para los seguidores de este “juego de juegos” (en mi caso, soy solo un aprendiz y, de hecho, mi hija de siete años es mucho más versada que yo en la materia) la novela es interesante pues da pistas sobre algunas movidas rutinarias y otras más audaces. Sin embargo, en el fondo, el libro es una crítica al nazismo y las tácticas de tortura de la Gestapo, un tema que a esas alturas era recurrente para Zweig, quien se suicidó en 1942 luego de escapar de su Austria natal y radicarse en Brasil.

El libro se lee de una sentada, pero el gozo perdura en el tiempo. Debería ser obligatorio en los colegios y, por qué no, en los talleres de literatura creativa. En efecto, aún es tiempo de remediar la comprensión lectora de nuestros jóvenes y, de paso, hacerles ver a las autoridades académicas que la buena lectura depende, primero, de una buena escritura.

Publicada en La Segunda.

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