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El país de la furia

3 de Noviembre 2019 Columnas

“Me verás volar, en la ciudad de la furia”, decía Soda Stereo, en una de sus canciones. Dos semanas han pasado ya desde el inicio del estallido social que vive Chile –ciertamente, el más grande y complejo que ha habido desde el regreso a la democracia- y pasamos de ser un “oasis” (¿más bien espejismo?), a ser el “país de la furia”.

En esta nación, ya no son los estudiantes aislados los que protestan, ni los ambientalistas, ni las mujeres, ni los profesores, ni los trabajadores de la salud. Ahora son todos ellos y miles más los que levantan sus banderas de lucha y salen a la calle a manifestar su molestia, en un movimiento que superó ampliamente las ideologías y que permeó a la ciudadanía de a pie, tan apática en otros momentos de nuestra historia.

¿Molestia de qué? De algo que la autoridad no está logrando leer: el chileno se cansó de que le metan el dedo en la boca. Así de simple, pero así de complejo a la vez.

Porque el enojo abarca mucho más que petitorios concretos, que puedan resolverse con alguna medida parche. Se trata de un estado de ánimo, de una necesidad de salir a gritarle al mundo que ya no creen en nada, que están cansados de que les mientan, que quieren cambios ahora ya y que no están dispuestos a volver a sus casas sin esas transformaciones. ¿Pero quién sabe a ciencia cierta cuál es esa metamorfosis profunda que pide hoy el pueblo?

Ese es el principal problema que tiene la clase política, el gobierno, el Parlamento, la justicia, las empresas, la iglesia, los medios de comunicación: la protesta es contra todos y contra todo, y no tiene una orgánica ni un petitorio definido (aunque algunos han dado vuelta en las redes sociales, pero sin claridad sobre su real autoría). Más complejo: no hay con quién sentarse a negociar.

Porque el pueblo despertó de manera masiva, pero también inorgánica. En esta brutal crisis de la desconfianza, los manifestantes tampoco creen en líderes mesiánicos que hablen por ellos ni intenten tomar el liderazgo de la causa. Así, aunque aparezcan los Mesina, los Jadue, los Lavín, los frenteamplistas, la calle quiere hablar por sí misma. Y así lo está haciendo hace dos semanas, sin interlocutores.

Por eso, el paquete de medidas anunciado la semana pasada por el Presidente Sebastián Piñera no tuvo ningún efecto en calmar los ánimos. Si las encuestas hablaban de que un 78% no consideraba relevantes esas proposiciones, la presencia cada vez mayor de gente en las calles y la marcha histórica del fin de semana pasado mostraron que no era para nada lo que esperaba la ciudadanía.

Tampoco parece haber dado resultado el cambio de gabinete. Si bien el Mandatario accedió a la desvinculación de su ministro, primo y asesor cercano, Andrés Chadwick, cometió errores brutales, como jugar a la sillita musical y enviar Cecilia Pérez a Deportes. ¿El resultado? La gente se mantiene en la calle y continúa indignada. Más aún cuando aparecen denuncias de maltratos y violaciones a los DD.HH. por parte de las FF.AA. y de orden en medio de las protestas. Extraña forma de calmar la furia.

Mientras, en el Parlamento, se debaten entre la acusación constitucional en contra del renunciado Chadwick y la necesidad de trabajar en una nueva Carta Fundamental. Aunque es un ítem pendiente desde hace 30 años, ¿habrán leído la CEP de mayo, cuando la reforma constitucional aparecía en penúltimo lugar de las preocupaciones de la ciudadanía, apenas con un 3%? Y hoy, el sitio Chilecracia.org, a partir de una votación de más de tres millones de personas, lo sitúa en el puesto 22, mucho más abajo de temas como salud, educación, pensiones o corrupción.

Broma aparte es que hayan planteado la idea de no sesionar el 30 de octubre, aunque entraron en razón después. Aun así, ese día, a las 9 de la mañana apenas había 36 de 155 diputados en el hemiciclo. Una muestra más de que no están entendiendo nada.

Así es precisamente como se llegó a este punto en el que la desconexión es tan profunda que ni el gobierno ni los parlamentarios logran entender lo que sucede en la calle: la paciencia duró mucho, 30 años, y ahora simplemente la olla a presión explotó.

Desde ese punto de vista, la generación de cabildos es quizás una medida sensata que ha surgido –no desde el gobierno, claro está- en los últimos días. Reuniones espontáneas, que pueden ayudar a entender qué es lo que está pidiendo la ciudadanía y cuáles son las teclas que hay que presionar para desactivar el estallido.

Pero nada de esto será suficiente mientras la clase política y la élite no logren conectarse de manera profunda con lo que está pasando. Si no hay un reconocimiento y una real intención de cambio, la indignación continuará –sea en las calles o de manera latente- y los escenarios de furia continuarán siendo la tónica.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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