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El nuevo aislacionismo

16 de Noviembre 2018 Columnas

Ya resulta usual que cada cierto tiempo, Emmanuel Macron responda con una formal y elegante ironía la incontinencia verbal de Donald Trump. Si el estadounidense vocifera en contra del multilaterismo y la cooperación internacional, el francés (por lo demás, en el podio de la casa de representantes en Washington) le recuerda que esta nueva cara de aislacionismo populista no hará más que golpear al liberalismo democrático que Occidente tanto valora(ba). Si Trump se autodenomina nacionalista, concepto que probablemente no entiende, Macron explicita, ahora en Paris, que es ese mismo nacionalismo el que se puede calificar como la afrenta patriotismo que ha hecho conmemorar, por ejemplo, la muerte de miles de franceses durante la Primera Guerra Mundial. Lo paradógico es que Trump insiste en que su relación con Macron es profundamente especial, a pesar que lo ha atacado en los últimos días, escondido -como siempre- tras su pantalla. Es probable que su desprecio por Angela Merkel lo haga sentirse más seguro con el joven presidente, o bien, que su simplista visión de la política internacional no le permita comprender que está siendo discursivamente ridiculizado. Lo curioso es que, sea cual sea la explicación, ni a Trump ni a su electorado parece importarles.

Históricamente, Estados Unidos ha visto los conflictos globales desde la periferia. Excepcionales han sido los episodios en que se ha visto atacado directamente por enemigos foráneos. El ataque japonés sobre Pearl Harbour en diciembre de 1941 y el más reciente atentado sobre las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 son ejemplos de ello. El hecho es que su rol como actor fundamental de la historia contemporánea podría calificarse incluso como expedicionario. Ha combatido en Centro América, Europa, en las islas del Pacífico, en Oriente Medio, en África, en Corea, en Vietnam y, en la actualidad, frente al invisible y global enemigo del terrorismo islamista radical. Hoy por hoy, aunque no es un fenómeno nuevo en dicho país, enfrenta el enorme riesgo interno del nacionalismo supremacista radical.

Es esto lo que podría explicar quizás la actitud de Trump y su administración frente a los retos impuestos por el internacionalismo del que Washington no se ha desmarcado con claridad desde su ingreso a la Segunda Guerra Mundial. Debemos recordar, por lo demás, que su ingreso a la Primera Guerra en 1917 no lo transformó en una superpotencia hegemónica con una agenda global. Por el contrario, y aunque suene paradójico, bajo la administración de Woodrow Wilson –un marcado internacionalista- se aisló del mundo y sus conflictos hasta que se transformara, poco tiempo después, en lo que algunos académicos han denominado como un ‘imperio por accidente’.

Bajo la administración Trump se ha hecho efectivo un nuevo tipo de aislacionismo; ya no como el de antaño, ese que podía elegir proteger sus intereses económicos y políticos desde la distancia geográfica. Como bien sabemos, la globalización digital, la instantaneidad de la información y la inevitable interconexión (no necesariamente geográfica), hacen que cualquier intento por aislarse físicamente sea prácticamente imposible. Que un muro te haga sentir seguro, no significa necesariamente que lo estás. El aislacionismo de Trump es, en espíritu, y en palabras de Walter Russel Mead, profundamente ‘jacksoniano’, pero mucho más simple de digerir para sus electores. Lo que intenta esta administración es profundizar sobre un sentido de excepcionalismo ya no de carácter global, sino que nacional y, sobre todo, personalista. No es casualidad que muchos ya denominen al Partido Republicano, simplemente, como el partido de Trump.

Donald Trump encarna el desinterés por el internacionalismo hegemónico, a pesar que no pueda salir de él. Está tan enamorado de si mismo y de su poder, que no puede obviar que Estados Unidos determina, en gran medida, como se conduce el mundo. Sólo días atrás, frente a una pregunta de un periodista ahora censurado por la Casa Blanca, respondió con una incontenible rabia que sería mejor que cada uno se dedique a lo suyo y que la administración del mundo se la dejaran a él. Tragicómico, al menos.

Desde su periferia, vocifera contra sus competidores; así también contra sus alíados históricos. Se desmarca de los poderes regionales europeos y mira con recelo el hecho de ser uno más. Su inseguridad lo mueve a intentar demostrar que no recibe órdenes, que es él quien ordena. Su problema es que aun no comprende que la arena internacional es mucho más compleja que sus desplantes televisivos, sobre todo en un mundo donde a pesar que Washington es aun indispensable, la multipolaridad genera oportunidades y, sobre todo, amenazas. Su aislacionismo es el del desinterés, el de uno de los tantos Estados Unidos que podemos conocer, ese que poco y nada le importa que pase fuera de sus fronteras mientras una sólida economía les permita consolidar el sueño americano, pero claro, sólo para algunos pocos.

De todas formas, la generalización bajo esta óptica de un país culturalmente tremendamente rico es un error. Los Estados Unidos se encuentran en uno de esos momentos trascendentales de la historia de las grandes naciones; poco a poco deben seguir intentando aprender quienes realmente son y, justamente ahí, está uno de los orígenes de una marcada tensión política y social.

Publicado en La Tercera.

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