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El Marco Polo chileno

13 de Junio 2021 Columnas

Hasta antes de la pandemia, era común que a las oficinas de los diarios llegaran personas a hacer denuncias, informar noticias o contar historias que consideraban dignas de ser publicadas. Antes de las redes sociales, una aparición en el periódico era la única opción de tener cierta figuración pública.

La mayoría de las veces se trataba de denuncias infundadas o inverificables, noticias intrascendentes o largas peroratas que no llegaban a ningún destino. Entonces, el relato interminable terminaba siendo para el periodista peor que una ida al dentista, una pérdida de tiempo y un gasto inútil en cintas de grabación.

No obstante, hace cien años, cuando había que completar las páginas de avisos con crónicas locales, la visita de uno de estos personajes era recibida con los brazos abiertos. El protagonista lograba la figuración que quería, el periodista cumplía con su nota, los avisadores se lucían al costado del relato y los lectores, sin google ni redes sociales, podían echar a volar su imaginación.

Así ocurrió hace exactamente un siglo, cuando un desconocido Luis Alberto Donoso Guajardo llegó a la desaparecida crónica del diario La Unión para dar cuenta de su llegada a Chile, luego de un periplo que no tenía nada que envidiar a las peripecias del británico Phileas Fogg y su ayudante Jean Passepartout, protagonistas de la novela de Julio Verne, “La vuelta al mundo en 80 días”.

El periodista comenzaba la crónica asegurando: “Su charla amena nos ha hecho pasar algunas horas transportando a nuestro espíritu a otras tierras, a otros mundos, a diferentes costumbres”.

Donoso había nacido en Curicó en 1854 y desde los 15 años se había incorporado a la marina como grumete, dando inicio a una serie de viajes que le permitieron recorrer el planeta: “Sin que sea alarde, creo que en el mundo no habrá individuo alguno que cual yo haya caminado por todos los países del globo terráqueo y que lo haya hecho sin contar con recursos de ningún género, trabajando siempre en todas partes”.

Como un personaje de Gionanni Papini, Donoso relataba: “He presenciado erupciones volcánicas. En un lago vi que mientras se hundía una isla aparecía otra; he recorrido sobre ruinas después que los terremotos habían arrasado a las poblaciones. Estuve de cacerías de fieras, allí en la selva, donde habitaban solo los tigres de Bengala y donde se encuentra el soberbio león”.

En una época donde los viajes a Europa estaban restringidos para una elite, aseguraba que había atravesado desde Calcuta a Bombay a pie y ahí, a miles de kilómetros de Chile, específicamente en Allahabad, se había encontrado con un chileno, que trabajaba para una empresa de ferrocarriles. Un experiencia similar le había tocado vivir en el puerto de Amberes, luego de un naufragio del que sobrevivió de forma milagrosa. En Bélgica, se sorprendió con el encuentro de otro chileno: “El toparse de improviso con un chileno en tierras extrañas, es tan emocionante que no encuentro palabras para describir. Nos dimos un fuerte abrazo y a ambos nos corrieron las lágrimas por las mejillas, recordando a la patria”.

Aprovechando que no había forma de confrontar lo que contaba, Donoso afirmaba que había estado en España, Holanda, Inglaterra, Centro América, México y Estados Unidos, donde hizo viajes de Nueva York hasta Nueva Orleans: “como atorrantes, como andarín y hasta de turista”. Según él, la mayoría de las veces estos viajes los hacía a pie: “para demostrar que la raza chilena es fuerte y que uno de sus más humildes exponentes era yo”. Unos años antes, Nicolás Palacios había escrito “Raza chilena” y sin imaginar las consecuencias que esta corriente ideológica tendría más adelante, personajes como Donoso se vanagloriaban de su raza frente al mundo.

Decía además ser políglota, hablaba, además de español, inglés e italiano. Según él, comprendía el alemán, el griego, sueco, el dialecto del Indostán y algo de chino (tuvo la suerte de no ser expuesto a una prueba como el famoso políglota de Viva el Lunes).

Finalizado el relato, Donoso se marchó del diario señalando que iba a ir a otros periódicos, incluso al teatro, para contar sus supuestos periplos por distintos lares. Nunca sabremos cuánto había de cierto en lo que contaba, si lo había vivido o lo había leído en alguna revista de viajes. Sus historias se sustentaban en la ingenuidad de un público que solo conocía el mundo a través de novelas y crónicas de los diarios. Un siglo de distancia, pero a la vez una brecha sideral con el lector actual, empoderado, informado y desconfiado. Las páginas de los diarios antiguos son una ventana, pero también un descanso frente a una pandemia que no da tregua y un panorama político tan oscuro como incierto.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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