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El mango del sartén

14 de Noviembre 2019 Columnas

Como en el reino animal, en política también la debilidad se huele. La decisión del gobierno de abrirse a una nueva Constitución, de inclinarse sin mayores precisiones por un Congreso constituyente, y de anunciarlo entre gallos y medianoche, sin la más mínima formalidad, fue entendida como una total capitulación. El silencio del Presidente en una materia tan relevante, los desacuerdos al interior del oficialismo y la ausencia de un cronograma vinieron después a reafirmar dicha convicción.

La secuencia era obvia: la totalidad de las fuerzas opositoras no solo señalaron como insuficiente la oferta, sino que convinieron en dar un paso más, volviendo a dejar al Ejecutivo sin piso. El día de ayer, desde la DC hasta integrantes del Frente Amplio se inclinaron de manera unánime por la asamblea constituyente, planteando, además, la necesidad de un plebiscito para que la ciudadanía sea finalmente la que dirima el mecanismo, y otro para una ratificación posterior.

Con ello, la voluntad del Ejecutivo de negociar dicha fórmula quedó literalmente sin interlocutores; asimismo, confirmó que la actual estrategia opositora supone debilitar al gobierno y al oficialismo en todo lo que sea posible hacerlo. En este caso, en la que es y será en el próximo tiempo la ‘madre de todas las batallas’: la instalación del poder constituyente y la correlación de fuerzas que los distintos actores políticos tendrán para incidir en su resultado.

¿Qué margen puede tener ahora el gobierno para convenir con sectores de oposición una fórmula que permita -al menos- no terminar en un escenario de rendición incondicional? La verdad es que ese margen es cada vez más estrecho, casi un mero eufemismo. La oposición limitó la viabilidad de un acuerdo, en el cual ambas partes están por definición disponibles para hacer concesiones. El tenor de la declaración opositora supone más bien que, ya aceptado por el gobierno el imperativo de un cambio constitucional, a partir de ahora será forzado a tener que asumir también la asamblea constituyente.

La otra posibilidad, más remota y compleja, es que en la jugada de la oposición haya algo de bluff, buscando situarse al otro extremo de la propuesta del gobierno, para después de una negociación terminar cediendo ambas partes y coincidir en una convención constituyente. Esta fórmula permite, de hecho, integrar representantes del Congreso (como quiere el oficialismo), pero también del mundo social (como busca la oposición). Dado que el gobierno ya hizo su oferta, la oposición estaría ahora haciendo la suya, para terminar después en un acuerdo transversal que le otorgue a la fórmula definida un amplio respaldo político.

Es posible, pero tiene para la oposición riesgos enormes: el respaldo ya otorgado a la asamblea constituyente supone haberse alineado con las exigencias de la calle y renunciar a eso puede tener costos muy grandes para las fuerzas políticas que firmaron este compromiso. Está, además, el riesgo de un quiebre con el PC y los sectores del Frente Amplio, que son incondicionales de la asamblea constituyente, que difícilmente se prestarán para una maniobra de este tipo. Por último, está también el fantasma de ‘la cocina’, esa desacreditada imagen de actores políticos construyendo acuerdos a espaldas de la ciudadanía. Una práctica que ha tenido costos brutales en términos de legitimidad para todos los partidos

Pero cuando se tiene el sartén por el mango pueden darse ciertos lujos. Y se sabe que en época de incendios, aumentan las ganas de jugar con fuego.

Publicada en La Tercera.

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