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El futuro de la crisis: ¿oportunidad para explorar nuevas rutas?

27 de Noviembre 2019 Columnas Profesores

El denominado ‘Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución’ emitido el pasado viernes 15 de noviembre ha logrado un grado inédito de aprobación: voceros de los principales partidos del oficialismo y la oposición, presidentes de la Corte Suprema y Tribunal Constitucional, representantes de gremios empresariales e intelectuales desde distintas universidades y think tanks. Actores que habían estado históricamente divididos en posiciones parceladas, ahora se presentan unidos en la defensa de este ‘nuevo pacto social’. Si algo nos enseña la sociología, es que cuando una idea goza de consenso y cuando las razones para defenderla son inmediatamente razonables para la mayoría, podemos estar seguros que alguna poderosa estructura social, usualmente latente, se está activando para preservar el orden. En efecto, ‘preservar’ el orden es la principal justificación que se ha mencionado para apoyar este ‘nuevo acuerdo histórico’, se nos dice, en el interés de todos los chilenos.

Es cierto: las crisis traen consigo una suspensión del orden normal de las cosas, y esto significa, paralizar o por lo menos dificultar las actividades diarias. No solo la economía del país se ve afectada:  en una dimensión más cotidiana, trabajadores y trabajadoras y sus familias se ven mermadas en sus desplazamientos, aprovisionamiento, y seguridad. Esto explica la tendencia descendente de la comunicación de crisis y ascendente de la comunicación sobre su normalización. La crisis no puede seguir para siempre, el orden demanda ser reestablecido. Pero… ¿cuál orden?

Una sociedad en crisis es como un acróbata haciendo equilibrio sobre la cumbre de una montaña. Al momento de bajar éste tiene dos opciones:  descender por el camino conocido y de menor resistencia, pero que lo llevará donde empezó; o explorar otras rutas, aunque eso implique abrirse paso en el medio de obstáculos que no pueden preverse. La teoría de sistemas llama a esta segunda opción ‘transición crítica’, entendiendo que al final del proceso la sociedad vuelve a un equilibrio, pero en un régimen diverso del de donde empezó y con distintos balances. Para una sociedad esto puede implicar, entre otros, cambios en la distribución de la riqueza y el poder, así como una redefinición del rol del Estado, de sus mecanismos y sus prioridades.

Generalmente, quienes dominan y gozan del régimen existente se oponen a esta transición. A eso se suma una especie de inercia estructural, que frena la emergencia de lo desconocido, y nos lleva de vuelta a lo esperado, al status quo, no porque sea la mejor alternativa sino porque nos parece, por un tiempo, la única posibilidad. En contraste, la crisis suspende esta ceguera autoproducida y nos muestra la plausibilidad de otros caminos posibles.

El ‘acuerdo por la paz’ se nos presenta como la única salida, deslegitimando actores y procesos situados fuera de las instituciones vigentes. Tan normalizada es la idea que la política solo puede lograrse por la mediación de parlamentarios y, sobre todo, partidos, que asombra ver que hay actores que rechazan la propuesta de Nueva Constitución por no incluir debidamente otros actores, y se critica a la irracionalidad de la calle por no confiar en la necesidad de llegar a consensos mediados por los partidos políticos.  La política son los partidos, se dice y se acepta, pues las otras opciones, si bien existen, no nos parecen realistas ni adecuadas a las demandas del presente.

Pero como nos enseña el sociólogo Pierre Rosanvallon, los partidos son una invención relativamente reciente y solo una entre las varias opciones representativas exploradas luego a la Revolución Francesa. La representación puede también ser en base estadística (elección aleatoria de representantes que se ‘parezcan’ estadísticamente a los representados). O bien, puede fundarse en la representación de ‘grupos funcionales’ (gremios, asociaciones laborales etc.) o geográficos-culturales (municipalidades, regiones, comunidades).

Considerando la complejidad de la sociedad contemporánea, esta última alternativa podría tener particular interés, en tanto permitiría lidiar con los crecientes problemas de coordinación social, manifiestos de manera especialmente marcada en relación con los problemas ambientales. Una ‘gobernanza policéntrica’ fundada en la negociación y colaboración entre comunidades autoorganizadas representa, como indica Elinor Ostrom, una ‘tercera vía’ respecto del tradicional régimen fundado en la alternancia, o combinación, entre mercado autorregulado y regulación estatal, así como entre partidos políticos de ‘derecha’ e ‘izquierda’.

Estas opciones, y otras, quedan disponibles como resultado del punto de inflexión de la crisis, pero solo en la medida en que la salida de esta no tome la forma de un retorno a más de lo mismo. Por ahora, los caminos siguen abiertos.

Publicado en  El Quinto Poder junto a Julio Labraña.

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