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El “ente” de Piñera

20 de Julio 2019 Columnas

Se está terminando de crear el “ente” previsional, un nombre aterrador que nos recuerda al monstruo creado por el doctor Frankenstein en la famosa novela de Mary Shelley. El “ente” —al igual que el monstruo de Frankenstein— estaba tomando vida propia, así que hubo que bautizarlo como CASS, aunque probablemente siga siempre siendo llamado simplemente el “ente”.

Una fórmula curiosa. Un camello con cuatro jorobas.

Algunos consideran que Piñera en la reforma previsional ha traicionado todos los principios. Que una vez más se arrodilló frente a la izquierda. Que sigue siendo no confiable. Son los mismos que enarbolan las banderas del dogmatismo, aquellos que creen que la política se hace en un laboratorio o que la derecha debe ser bien de derecha, aunque solo sea para ser testimonial.

Y es cierto. No tiene ningún sentido que exista un 10% para una cosa y un 5% para otra cosa. Menos, con todos los agregados que se le hicieron y los que faltan por añadirse en el Senado. Técnicamente, lo lógico era entregar la administración a las actuales AFP. Total, por el 10 o por el 15 iban a cobrar la misma comisión y nadie puede discutir que en la administración de las platas las AFP, aunque han sido caras, lo han hecho bien. Pero la realidad con la percepción no siempre van de la mano. Hay veces en que los molinos de viento efectivamente son malvados gigantes.

La doctrina de Aylwin de la “medida de lo posible” la ha hecho suya Piñera una vez más. Y en buena hora. Porque no solo no tiene mayoría en el Congreso, sino porque hay banderas que simplemente no se pueden levantar. Salir a defender a las AFP es una de ellas. Sea justo o no.

Pero lo que muchos no se han dado cuenta es que la reforma previsional que está logrando Piñera va incluso más allá de la medida de lo posible, y lo que está logrando es salvaguardar la esencia básica del modelo previsional chileno, la capitalización individual. Tal como decían los contractualistas del siglo XVII, se está renunciando a una pequeña parte de la libertad para mantener la mayor parte de aquella. O, dicho de otra forma, se está utilizando el viejo principio del Gatopardo de cambiar las cosas para que queden más o menos igual. En este caso, ¡en buena hora!

Así, esta reforma puede significar un dique a las tentaciones populistas del “no + AFP”, aquellas soluciones mágicas inexistentes que propician —en su versión suave— eliminar las AFP y en su versión radical darles un manotazo a los fondos al estilo argentino.

Desde que Bismarck presentó al Parlamento, en 1881, la idea de que exista un sistema de pensiones, hacerlo ha sido complejo. El problema es que hoy, a diferencia de la Alemania de Bismarck, se venden más pañales de adulto que de niños, y esa es la razón que tiene al borde de la quiebra a muchos países.

El “ente” tiene tres gracias.

Por una parte, le da un nuevo baño de legitimidad al actual sistema. Un acuerdo mayoritario, donde además se logra lo básico —que la gente cotice más—, permite aplacar la discusión por un buen tiempo.

Por otra parte, difumina al culpable de la baja pensión. En todos los países la gente considera que su pensión es mala. Cuando el culpable es el Estado, la responsabilidad se diluye. Mal que mal, la percepción de la gente es que en el Estado “la plata se pierde”. Con un sistema de AFP, en cambio, el responsable tiene cara y domicilio conocido. Y eso empezará a cambiar. El sistema será más enredado y el “enemigo” menos claro.

Finalmente, al haber salvaguardado el principio de las cuentas individuales, incluso si se llegara en un gobierno futuro al extremo de eliminar las AFP —simplemente porque hay que matar al molino de viento—, la solución será pasar la plata al “ente”, una versión claramente menos dañina que el manotazo.

¿Tiene razón de existir el “ente”? Ninguna. ¿Va a administrar mejor que las AFP? Probablemente no. ¿Tiene lógica que coexistan dos sistemas? Para nada. Pero el “ente” le da un segundo aire al sistema previsional chileno, el octavo mejor del mundo según Mercer. Y lo mejora al aumentar la cotización.

Así, si bien al “Mercedes Benz” de José Piñera le han puesto las orejas de esa empresa desratizadora de autos amarillos, el auto sigue siendo el mismo. Y haciendo el símil de lo que se empezó a decir de los reyes en el siglo XIII para establecer que los reyes nunca mueren, es posible decir: ¡Las AFP han muerto, vivan las AFP!

Publicada en El Mercurio.

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