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¿El año en que salimos a la calle?

7 de enero 2019 Columnas

“El año en que salimos a la calle”. Así fue catalogado por algunos académicos aquel emblemático 2011.

El presidente Piñera había logrado llegar a su primer gobierno sólo un año antes y, recién asumido en el cargo, se veía amenazado por un clima social y político particularmente tenso. Si bien el 2010 estuvo mayoritariamente marcado por las tareas de reconstrucción –que terminaron condicionando todo su primer gobierno– y por el emblemático rescate de los mineros de la mina San José, fue en el 2011 cuando se produjeron las movilizaciones ciudadanas más emblemáticas de la última década. El cuento es conocido: en agosto de aquel año, el presidente Piñera alcanzaba el mínimo histórico de aprobación desde el retorno a la democracia.

Lo que se vivió el 2011 fue – y quizás sigue siendo – de difícil lectura. No era sólo la educación, pues los líderes de aquellos movimientos se mostraban insatisfechos con un sistema que, paradójicamente, nos tenía al borde del desarrollo. “Esta democracia, así como está, está por el piso y está muerta. Queremos una nueva democracia para un nuevo Chile, porque este sistema no es capaz de garantizar nuestros derechos”, declaraba la entonces presidenta de la FECH, Camila Vallejo. Sin embargo, para un primer gobierno técnico (el de “los mejores”), estas aseveraciones eran difíciles de entender y, de hecho, podían fácilmente representar un sinsentido.

Hoy la situación es un tanto distinta. Incluso antes de comenzar el segundo gobierno de Piñera, Gonzalo Blumel declaraba que sería un periodo en donde se utilizaría más Word y menos Excel. Es decir, más política y menos tecnocracia. Se comprendía de algún modo, que la derecha debía hacerse cargo de una dimensión de la cual había prescindido.

Todo lo anterior tiene especial relevancia al momento de analizar lo que nos deja el 2018 en la región de Valparaíso, más aún si pretendemos vislumbrar lo que nos podría traer este 2019.

Tanto la crisis medioambiental como los problemas del puerto tuvieron (y tienen) indudablemente una causa específica, más o menos técnica y más o menos privada. Sin embargo, desconocer el dilema político que subyace sería caer en los mismos errores de aquellos que pensaron que la desafección del ciudadano promedio de aquel 2011 se fundaba en un par de abusos de alguna multitienda o de alguna universidad. Este diagnóstico es pertinente hoy, porque si se percibe un sistema impenetrable se buscará permearlo de modos que podrían hacerle daño a nuestras ciudades, a nuestro desarrollo e, incluso, a nuestra democracia. “Somos el pueblo de Chile, somos invencibles”, sentenciaba en Francia Giorgio Jackson el 2011. Mientras, en el país, parte de ese pueblo –al que aludía– se organizaba en un grupo de universitarios que no se sentían representados por su CONFECH.

Para algunos, las incipientes protestas que vivimos el 2018 fueron un recuerdo de aquel año en que “salimos a la calle”. Y si bien el gobierno ya ha asumido que las palabras son tan relevantes como los números, urge focalizarnos en potenciar formas de acercar las decisiones a la ciudadanía.

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

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