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Dos cuerdas para un trompo

7 de Enero 2017 Columnas Noticias

La encuesta CEP tiene una cierta ola de misterio que la hace atractiva. Los rumores de que se está haciendo el “trabajo de campo” mueven a los candidatos, y los rumores de que va a aparecer mueven a los políticos.

Lo cierto es que, finalmente, habló el oráculo y -como siempre- no dejó a nadie indiferente.

Lo primero es lo primero. Para esta elección solo hay dos candidatos competitivos: Piñera y Guillier. El resto es música. Y pese a que siempre se recuerda al ex primer ministro inglés que señaló que “una semana en política es mucho tiempo”, la realidad chilena muestra otra cosa: los candidatos que lideran la propia encuesta CEP un año antes de la elección son -con excepción de Golborne- los candidatos que terminan disputando la presidencia (hasta ahora, además, quien ha encabezado la encuesta un año antes siempre ha terminado con la banda presidencial).

De esta forma, Guillier y Piñera se transforman en dos cuerdas para un mismo trompo. Fuera de ahí no hay vida.

El efecto más dramático es para Lagos. La encuesta confirma que no son sus tiempos. Ciento veinte días de campañas no solo han sido inútiles en términos de popularidad, sino que ya empiezan a dañar su patrimonio histórico. Lagos puede sentirse como Bolívar arando en el mar. El problema es que el ex Presidente, además, se ha equivocado de arado y de mar. En vez de ratificar su domicilio político de una izquierda moderna y socialdemócrata, se ha terminado desperfilando en un discurso poco entendible para una ciudadanía, que -para peor- es muy distinta a la que a él le tocó conocer. Mientras tanto, en el PPD y el PS, soterradamente, se empiezan a preguntar cómo “matar al padre”.

Por contraparte, la encuesta CEP marcó un alivio para Piñera y una alegría para Guillier.

El alivio para Piñera proviene del crecimiento en medio de la adversidad. La encuesta fue hecha tras la denuncia de compra de acciones de la pesquera peruana y en medio de la divulgación de sus sociedades en las Islas Vírgenes. Pero la embestida parece no haberle hecho daño. Parece confirmarse que la gente no espera mucho de Piñera en ese ámbito. Definitivamente, los chilenos valoran otras cosas en Piñera, siendo la parca roja su principal virtud.

Guillier, por su parte, tiene motivos suficientes para celebrar. Su crecimiento ha sido explosivo y se ha transformado rápidamente en el candidato natural del sector, con una estrategia bien urdida al ser jugada fuera de la cancha. Día a día suma apoyos y los parlamentarios de la Nueva Mayoría quieren estar con él, el único que los puede ayudar a sumar votos a sus propias campañas.

De la CEP conocida esta semana subyacen dos consideraciones y una pregunta.

La primera consideración es que parece claro que el porcentaje de popularidad de Guillier es más volátil que el de Piñera. Los chilenos conocen a Piñera. Con sus virtudes y defectos. El que lo apoya, a estas alturas tiene suficientemente claro por qué. En el caso de Guillier es distinto. Es un apoyo más espontáneo y menos digerido. Es un amor de verano que todavía tiene que consolidarse. Eso lo hace más riesgoso a cualquier circunstancia que pueda ocurrir.

Lo segundo es lo que ocurre al interior de cada coalición. La gran diferencia de Guillier con Piñera es el orden del sector que representan. Mientras en Chile Vamos hay un consenso en torno a la figura de Piñera y una homogeneidad en torno a la visión de país, en la Nueva Mayoría le cabe mucho más el término de “montonera”, tantas veces adjudicado a la derecha en los 90. Pero hay que acordarse de que Aristóteles decía que “el miedo pone de acuerdo hasta los más enemigos”, y este puede ser una vez más el caso. El miedo a perder el gobierno puede ser razón suficiente para seguir adelante.

Finalmente, ronda una pregunta: ¿Es suficiente Guillier para sacar a la Democracia Cristiana de la coalición o para quebrar el partido? Todo parece indicar que ni uno ni lo otro.

Gutenberg Martínez esta semana dio la receta. Una fórmula que mezcla el gatopardismo -donde es necesario que todo cambie para que todo siga igual- con la esencia democratacristiana -donde hay que encontrar cómo pecar sin tener remordimientos.

El resultado propuesto es simple: se cambia el nombre a la Nueva Mayoría y se crean dos círculos concéntricos. Unos son los que comparten la coalición y los otros son parte del acuerdo electoral. Es decir, una fórmula para que todo siga igual.

Es que el miedo a quedar a la deriva puede ser suficientemente grande para que la Democracia Cristiana esté dispuesta a tragarse sapos y culebras. Con dos excepciones: algunos, como Mariana Aylwin, probablemente decidan abandonar el barco si Guillier es el candidato, pero no serán muchos. A menos -sería la segunda excepción- que el “Guillier popular” se convierta a última hora, por alguna razón, en un “Guillier sin posibilidades reales de ganar”. En ese caso, la DC no resistiría un minuto más y la Nueva Mayoría firmaría su sentencia de muerte.

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