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Dos anillos

11 de Marzo 2019 Columnas

En “La República”, libro que reflexiona sobre la virtud de la justicia, Platón narra un célebre mito. Giges, humilde pastor del rebaño real, encuentra un anillo mágico que lo hace invisible. Ello trastoca su comportamiento. Invisible, el buen pastor irrumpe en palacio, seduce a la reina y, confabulado con ella, asesina al rey para hacerse del trono. El mito plantea que nuestra inclinación al mal aumenta cuando no somos descubiertos ni sancionados. Una natural cuestión de incentivos diría un economista.

Los escándalos de abuso sexual que han remecido a la Iglesia Católica y que la tiene sumergida en una de sus peores crisis, parecieran tener más de una similitud con esta historia.

Como Giges, el pastor de la iglesia también tiene su anillo. Es el anillo episcopal, signo de autoridad y poder del obispo de cara a su rebaño. Hoy sabemos que el uso torcido de ese poder, cual Giges, invisibilizó por años graves delitos que ahora emergen a la luz pública. Es lo que explica que las fechorías de emblemáticas figuras se mantuvieran ocultas por años. Ahí están los casos del casi santo Maciel en México, del cardenal Pell en Australia, del arzobispo McCarrick en EE.UU., o de Karadima en Chile, por nombrar algunos connotados ejemplos.

Pero el poder de invisibilidad del anillo no se remite a meros casos puntuales. Como revelan las propias investigaciones de la Iglesia, existió una trama institucional de ocultamiento más densa. Una que, involucrando a altas autoridades eclesiásticas, derivó en incentivos perversos de amplia escala aguas abajo a nivel de sacerdotes. Es difícil entender de otra manera la amplitud y sistematicidad en el tiempo de casos de pederastia y otros graves atentados sexuales como los verificados en EE.UU., Australia o Irlanda por citar algunos ejemplos emblemáticos. Estos comprometieron a cientos de sacerdotes y a miles de víctimas durante años.

Pero la invisibilidad acarrea una segunda componente: la reticencia del abusado a denunciar. Amén del desincentivo a hacerlo ante la expectativa de que su caso se archive (como ocurrió tantas veces), hay factores más profundos. La vergüenza, el miedo o la inseguridad son elementos centrales de la ecuación. Particularmente al alero de la perniciosa fórmula pastor-rebaño cuando se asume en su sentido literal y de un culto al guía espiritual tan frecuente como reverencial ¿Cómo el manso cordero podría acusar a su pastor? ¿Y frente a su aura de santidad, no creería la víctima que era ella la equivocada?

Los escándalos develados en nuestro país han causado fuerte impacto local e internacional. En el resto de la región todo parece estar más tranquilo. Aunque quizás no por demasiado tiempo. Después de todo, el poder de invisibilidad del anillo no es idiosincrático, sino que institucional. Ante las mismas reglas, los mismos incentivos, sería extraño esperar resultados muy distintos. De hecho, el problema podría llegar a ser más profundo, habida cuenta de que se trata de países con una mucho mayor proporción de fieles que Chile. Con un rebaño de feligreses más extenso y devoto entregado al cuidado del pastor y de su anillo.

Publicada en La Tercera.

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