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¿Dónde está el centro?

28 de Febrero 2022 Columnas

A propósito de las recientes cartas, manifiestos y declaraciones respecto de la necesidad de reivindicar el centro político, quisiera proponer algunas reflexiones para tratar de comprender un poco mejor de qué estamos hablando.

La idea de centro tiene al menos las siguientes tres características comunes. En primer lugar, se trata de un concepto relacional. Hablar de centro solo tiene sentido en relación con otros eventos, actores o ideas respecto de las cuáles el punto seleccionado es, relativamente al menos, “central”. Segundo, además de relacional, el centro es siempre un espacio móvil, intermitente, inestable. Puesto que la realidad dinámica, lo que en algún momento fue el centro en algún momento habrá de dejar de serlo. Finalmente, la idea de centro tiene una dimensión simbólica, es decir, por su intermedio se hace siempre una apelación implícita a un lugar de encuentro, de reunión. La idea de centro reclama así una autoridad especial.

Estas características explican por qué la idea de “estar en el centro” resuena positivamente en la política. Cuando se opta por hablar de “centro-izquierda” o “centro-derecha”, se lo hace porque permite indicar tanto una orientación ideológica clara como una idea de equilibrio, moderación o prudencia a la hora de comprender esas ideologías. Si uno es de “centro-derecha”, entonces, uno simboliza que cree en la libre competencia sin por ello asumir que todas las necesidades sociales se deben satisfacer mediante el mercado; si se es de “centro-izquierda”, se reafirma el compromiso con la justicia social y el rol del estado sin que ello justifique restringir las libertades civiles. El uso de la idea de centro en este contexto hace un gesto reflexivo: somos de izquierda (o de derecha), pero hemos aprendido las lecciones de la historia.

Durante los últimos 70 años, el centro político en Chile se fue conformando en sintonía con la Democracia Cristiana: un partido católico (pero no solo católico), un partido a ratos más a la izquierda (dio vida a la reforma agraria) y a ratos más a la derecha (apoyó el golpe de estado). Un partido capaz de apelar al campo y a la ciudad, a pobladores, profesionales y empresarios, al mercado y al estado, a la libertad y a la justicia social, a la tradición y a la modernidad. La pérdida de relevancia de la Democracia Cristiana en los últimos 15 años es muy posiblemente otro indicador más del cambio en el ciclo político en el país. Pero el declive de la DC no puede interpretarse como la desaparición del centro político per se. Puesto que, como dijimos, la idea de centro es siempre relacional, dinámica y simbólica, entonces ese centro se mueve y muta, pero no desaparece. Así, el centro político entre mediados del siglo XIX y la década de 1930 propició la ampliación del derecho a sufragio, pero no el voto femenino, mientras que entre 1950 y 2000 estaba aun en contra de la igualdad de los hijos ante la ley. No hay nada sorprendente en el hecho de que el centro político actual no sea el mismo de entonces. Lo extraño sería que no hubiese cambios.

Cuando las sociedades experimentan transformaciones sociales aceleradas, cuando nuevas ideas y actores tiran y empujan la sociedad en distintas direcciones, es esperable que se nos “pierda el centro”. Por cierto, parte de esta incertidumbre dice relación con que no sabemos si los cambios propuestos van a resultar a no. Esas mismas fluctuaciones nos impiden determinar, genuinamente, dónde habrá de consolidarse el nuevo centro. Por eso no es casualidad que actores que por mucho tiempo estuvieron “realmente” en el centro de todas las grandes decisiones del país hoy no estén dispuestos a renunciar a ese lugar sin más. Su autoimagen de razonabilidad está construida desde la idea de que son árbitros permanentes frente a posiciones siempre extremas; sus biografías adquirieron notoriedad a partir de ese rol. Pero es justamente la necesidad de reclamar ese centro de forma tan estridente lo que demuestra definitivamente que ya no son, ni representan, el centro social y simbólico del país. Una opción es apresurarse en indicar quién ocupará su lugar en las próximas décadas. Pero tal vez sea más realista asumir que, en sociedades complejas y diversas como el Chile actual, la idea misma de que la política tiene un único “centro” es algo del pasado.

Publicado en El Mostrador

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