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Dignidad: entre la Colonia y el estallido

25 de Octubre 2021 Columnas

La reciente inclusión en el catálogo de Netflix de la serie sobre la secta que Paul Schäfer instaló en Chile ha traído de vuelta a la memoria colectiva los horrores y delitos ocurridos en la que, durante décadas, se conoció como “Colonia Dignidad”. Es mucho lo que podría y debería decirse sobre ella –lo mínimo sería sonrojarse con la ironía de que quien ha detentado el cargo de ministro de Justicia y Derechos Humanos durante los últimos cuatro años sea uno de sus principales defensores históricos–. Pero a propósito de los 2 años del estallido de octubre de 2019, hoy quisiera reflexionar sobre el hecho de que la “dignidad” se transformó allí también en un concepto clave para aunar las variadas insatisfacciones y aspiraciones de ese movimiento. ¿Cómo puede la “dignidad” usarse tanto para dar nombre a ese infierno en la tierra que se enclavó en Parral como para simbolizar demandas y sueños tan diversos?

La característica más interesante de la idea de dignidad es su capacidad paradójica de enfatizar tanto relaciones jerárquicas como de igualdad. Originalmente, su uso estaba asociado al estatus especial que los miembros de grupos privilegiados reclamaban para sí. Reyes, aristócratas o miembros de la jerarquía de la iglesia sostenían que su “dignidad” especial se expresaba en el hecho de que eran diferentes, superiores, al resto de los miembros de la sociedad. Era ese carácter excepcional el que se usaba para justificar sus privilegios –por lo general, esa dignidad se expresaba en la exención de pagar de impuestos–.

Con las revoluciones políticas del siglo XVIII, la Independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa, la idea de dignidad adquiere una nueva dimensión, ahora dirigida hacia la idea de igualdad: todos los seres humanos sin excepción son poseedores de una y la misma “dignidad”. Puesto que todos tenemos el mismo derecho incondicional a tener derechos, las excepciones de épocas pasadas ya no son admisibles. Todos somos iguales frente a la ley, todos podemos participar del proceso político como ciudadanos, todos tenemos derecho a decidir cómo queremos vivir. La idea de dignidad permite entonces legitimar tanto una diferencia jerárquica que justifica privilegios como un horizonte de igualdad y reciprocidad en las relaciones que establecemos con otros seres humanos.

Esa tensión entre creación de privilegios y promoción de la igualdad permanece en el contexto contemporáneo. Por un lado, la idea de “dignidad humana” continúa usándose de manera “aristocrática”, por ejemplo, para justificar nuestra aparente superioridad en relación con los animales y seres vivos en general. Por el otro, su horizonte igualitarista se expresa en la reclamación por trato digno de una serie de grupos que hasta hace muy poco no eran tratados como humanos en plenitud: niños, niñas y adolescentes, personas con diversas orientaciones sexuales, diagnósticos psiquiátricos y formas de discapacidad.

Por supuesto, el estallido y la Colonia son muy diferentes: el primero es un movimiento social espontáneo con aspiraciones difusas pero incontrovertibles de cambio social; la segunda es lo más cercano que hemos conocido en el país de un campo de trabajos forzados. Es esa diferencia la que permite que ambas puedan apelar a la idea de dignidad: en un caso, la reclamación por la creación de un nuevo pacto social que se acerque en algo a la promesa fundamental de que todos sin excepción merecemos ese tan elusivo trato digno, sin por ello apelar a una dignidad moral especial para sus actos de violencia. En el otro, un lugar donde la vida es un infierno porque un líder desquiciado se cree digno de un trato lleno de privilegios, y donde la reparación de sus víctimas requiere tratarlos a ellos con la dignidad de la justicia y la igualdad frente a la ley.

Publicada en El Mostrador.

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