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Del barco de la esperanza al avión humanitario

2 de diciembre 2018 Columnas

Justo en momentos cuando se discute el tema de la inmigración haitiana en nuestro país, a los amantes del fútbol nos golpeó la noticia de la muerte del futbolista español Francisco Molina. Ex seleccionado chileno y ex jugador de Santiago Wanderers y Universidad Católica, por nombrar algunos de sus clubes, el “Paco Molina” tuvo la particularidad de haber llegado a Chile cuando era muy pequeño, a bordo del Winnipeg.

La historia de este barco nos conecta con otra figura polémica, Pablo Neruda. Mundialmente conocido por su poesía y el premio Nobel de Literatura, en estos últimos días ha estado en medio del debate a raíz del posible cambio de nombre del Aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benítez, lo que ha sido aprovechado por algunos grupos para destacar, en un sentido negativo, su compleja, por no decir mala, relación con las mujeres y con sus hijos.

Esto ha hecho que muchos olviden, entre otras cosas, el rol que le tocó desempeñar a Neruda en la reunión y posterior traslado de dos mil españoles que sufrieron los horrores de la Guerra Civil que sufrió este país. Más allá de la posición política de los refugiados, que motivó la acción del Presidente radical Pedro Aguirre Cerda, también estaba un sentido humanitario que no muchos entendieron en su momento, siendo clave el poeta en insistir en la necesidad de traerlos, salvándolos de los horrores del campo de concentración en que estaban y la horrorosa guerra que se cernía sobre Europa.

El Winnipeg, más conocido como el barco de la esperanza, partió un 4 de agosto de 1939 del puerto francés de Pullac con destino a Valparaíso. José Balmes, un joven español que venía arriba del barco, recuerda, entre otros detalles, su particular aroma: “mezcla de pescado podrido y vomito. Los camarotes parecían nichos de madera. Yo estaba solo con mi madre, pues a mi padre lo enviaron a otro sector”.

Un mes después y dos días de recién iniciada la segunda guerra mundial, arribó a nuestras costas el Winnipeg, específicamente, el 3 de septiembre, ante la expectación de un puerto que los esperaba con los brazos abiertos (si hubiese ocurrido hoy día, seguramente habrían terminado en San Antonio, por culpa de un paro). Aunque Neruda tenía claro que el espectro político era un factor relevante para seleccionar a los pasajeros, había otro que era mucho más significativo y era el perfil profesional de los inmigrantes. En una época donde se iniciaba el modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), era necesario contar con mano de obra calificada como la de los españoles.

Así llegó Francisco “El Paco” Molina, junto a sus tres hermanos (Luisa, José y Juan) a Chile. Como muchos de sus compatriotas, llegó a Valparaíso con tifoidea, producto de las paupérrimas condiciones sanitarias de un barco que estaba hecho para trasladar carga, no personas. Junto a ellos lo hicieron otros, como Leopoldo Castedo, quien después se destacaría como historiador y muchos más que fueron incorporándose a la sociedad chilena. A casi 80 años de distancia, ya no un barco, sino un avión, se fue de nuestro país con un grupo de inmigrantes haitianos que decidieron volver a su patria porque en Chile no encontraron la oportunidad que esperaban. Se ponía fin a una historia que se inició cuando llegaron, entre gallos y medianoche, como turistas, fuera de una política o control del Estado. Muy lejano a lo que sucedió con el Winnipeg. No solo por estas razones, sino porque la mayoría de los chilenos miramos con indiferencia su partida, desconociendo que detrás de esos inmigrantes pudimos haber perdido otro Paco Molina, Leopoldo Castedo o José Balmes. Más importante aún, se fueron dejando la sensación de que a nadie realmente le importaba. Un síntoma de los nuevos tiempos y de una sociedad que, como parte de su “desarrollo”, pareciera concentrar toda su atención en sí misma, pero no el prójimo.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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