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Cómplices pasivos

5 de Agosto 2019 Columnas

Finalmente se dio a conocer la declaración de los jesuitas. Se puede descargar desde su página web y, paradójicamente, el archivo fue guardado como “RPB-07-2019-final-final-final”. Es decir, al menos hubo dos versiones finales previas y quizás cuántas versiones preliminares más.

En un cuidado lenguaje, bien escrito y bien pensado, se le pone la lápida al casi segundo santo chileno de la congregación. Hubo que fondear las estatuas, rebautizar los parques y descolgar los cuadros. Poblete pasa a ser persona non grata. Se suma así a otros “hombres buenos” caídos en desgracia. Karadima, Cox, Precht, Ortega, O´Reilly y tantos otros.

La historia de los abusos eclesiásticos ha seguido caminos distintos. Y la forma de enfrentarlos también.

Desde siempre se intentó barrer todo bajo la alfombra. El abusador era mandado de un lugar a otro. Normalmente a lugares más pobres, donde hubiera menos posibilidades de que las fechorías se transformaran en escándalos. Pese a que todos sabían que la cabra volvería al monte.

Cuando la cosa se empezó a complicar, cuando los medios empezaron a ser más incisivos, cuando se perdió el temor a enfrentarse a la poderosa institución que es la Iglesia, no le quedó más que reaccionar. Y el caso chileno fue sintomático. Se hicieron investigaciones ficticias donde las cosas no llegaban a nada. El cierre de la investigación de Karadima que hizo Errázuriz “a la espera de nuevos antecedentes” fue uno de los más sintomáticos. Pero hay muchos más. Raúl Hasbún fue especialista en investigar con paso cansino para llegar siempre a nada. O casi nada. Incluso a veces, como en el caso de Hugo Montes, la mala suerte hizo que se le borraran los archivos.

La tercera etapa es en la que estamos hoy. La alfombra se hizo demasiado chica, y la opinión pública ya no aguanta más tongos. Por lo que, recurriendo al Nuevo Testamento, se enarbola la parábola de la “oveja descarriada”. Gente que “traicionó la confianza”. “Personas que nos sorprenden”, “que nos causan dolor” y “por las que perdimos perdón”.

Así, hoy no tiene ningún valor la transparencia, pues simplemente no hay otra alternativa.

En Mateo 18 se dice que hay que perdonar 490 veces (setenta veces 7). Y el guarismo ya fue superado con creces. Y la tesis de las manzanas podridas escondidas al final del saco ya no se sustenta. Pero ese es el caso que se ha querido construir de Renato Poblete. En cuarenta años nadie vio nada. A lo más, como diría el trovador, “uno de mi calle me ha dicho que tiene un amigo que dice conocer un tipo que un día”… escuchó algo.

Y lo que es peor es que con este caso ha quedado de manifiesto el doble estándar.

El propio Felipe Berríos salió a fustigar al obispo Barros el año pasado al señalar que “no puede decir que nunca supo nada de lo que pasaba, no es creíble. Y si fuera verdad que nunca supo nada durante todos los años en que fue brazo derecho de Karadima, significa que no tiene la capacidad básica de ser obispo”.

El jesuita Antonio Delfau, estallado el caso Karadima, señaló “hay que ver quiénes han tenido responsabilidades de distinto tipo, encubriendo consciente o inconscientemente; ingenua o no ingenuamente; en complicidad o no queriendo ver la verdad. Porque eso también pasó en el gobierno militar. ¿Cuántos no quisieron ver la verdad?”, para más tarde agregar “hay mucho que investigar respecto al modus operandi de una serie de gente que lo rodeaba”.

Pues bien, el mismo argumento corre hoy para los jesuitas. Porque fueron muchos en la orden que se dieron un festín con el caso Karadima, logrando un triunfo pírrico en una rivalidad histórica que se remontaba a la figura del padre Hurtado y a la disputa territorial por los jóvenes ABC1 en el mismo barrio de Providencia. A un lado la iglesia El Bosque, y a pocas cuadras, el colegio El Bosque. A un lado los retiros de Karadima; al otro, los del cura Montes. A un lado los conservadores, al otro los progresistas.

Pues bien. Tal como lo expresa Lucas 6, se preocuparon de la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio.

Es cierto también que frente a una Iglesia en la cual el sexto mandamiento se transformó en el primero, los jesuitas fueron los más razonables. Pero, mal que mal, no deja de ser paradójico que ellos también eran partes del doble estándar entre lo que se predicaba, entre lo que se les exigía a los fieles y lo que muchos practicaban.

Lo del cura Poblete nos reafirma que los hechos al interior de la Iglesia son masivos. Y si bien es obvio que ni son todos los jesuitas ni todos los curas; entre los abusadores y los encubridores son demasiados. Y la espiral de silencio continúa.

Hoy en el informe se resalta que “el investigador no acreditó la existencia de encubrimiento, tal como se lo entiende comúnmente en el ordenamiento jurídico”. Sin embargo, a la fiscalía —“estando dolidos” y “pidiendo perdón”— no se le entrega el informe completo de 400 páginas, sino que ¡un resumen ejecutivo de 24 páginas!

El exceso de poder de la Iglesia en Chile si bien en algunos aspectos fue positivo, en muchos otros le hizo mucho daño a Chile y en especial a miles de víctimas. Por eso Adam Smith abogaba por que hubieran muchas religiones, dado que “si la sociedad se halla dividida en doscientas, trescientas o aun millares de religiones pequeñas, ninguna tendría la fuerza para perturbar la tranquilidad pública”. El problema en Chile, por lo tanto, no fue solo el abuso, sino también la “perturbación de la tranquilidad pública” en variados temas.

Hoy se están rasgando las vestiduras, tal como relata el Antiguo Testamento, donde da cuenta de que el rey Ezequías, ante las blasfemias proferidas por el emisario del rey de Asiria, “rasgó sus vestiduras, se vistió de sayal y se fue al templo del Señor”.

Tal vez sea esa la solución: rasgar vestiduras y volver al templo. Porque son demasiados los cómplices pasivos.

Publicada en El Mercurio.

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