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Combatiendo al real enemigo

23 de Agosto 2017 Columnas

En la escena más notable de la ya clásica película ‘Crimson Tide’ (Marea Roja, 1995), el comandante de un submarino nuclear estadounidense intenta comprender -sumergido en medio del océano Atlántico y rodeado por su plana mayor- la posición político-moral de su oficial ejecutivo respecto al uso eventual de bombas atómicas frente a un grupo de militares separatistas rusos que se habían adueñado de una parte del arsenal nuclear de dicho país, amenazando con atacar a los Estados Unidos. En medio de la tensión misma de la conversación, el comandante del submarino cita una de las ideas más interesantes del libro ‘De la Guerra’, obra magistral del mariscal prusiano Carl Von Clausewitz: ‘La guerra es la continuación de la política por otros medios’. Independiente de la discusión respecto al real sentido de la afirmación de Clausewitz, la intención del comandante de la embarcación era forzar a su oficial ejecutivo a aceptar que, en tales condiciones, la opción nuclear, además de ser una señal política, podría eliminar por completo la amenaza de enemigos tan complejos. Frente a ese emplazamiento, el oficial ejecutivo responde con prudencia que, en su opinión, lo que Clausewitz quería decir era algo más complejo; que incluso en la actualidad y en medio de una era nuclear, el real enemigo no se podía vencer; en sus palabras, ‘el real enemigo es la guerra en sí misma’.

Hoy, al igual que en este diálogo ficticio, nos enfrentamos a condiciones históricas tremendamente complejas. Los conflictos políticos, sociales y religiosos alrededor del mundo no pueden dejarnos sin opinión ni respuesta. Desde la crisis política en Venezuela y la tragedia derivada del poder del narcotráfico en Méjico hasta la permanente crisis climatológica, sectaria y humanitaria en el África subsahariana. Desde el incipiente nacionalismo radical en los Estados Unidos y sus símiles europeos, hasta la tensión entre Washington y Moscú por la influencia geoestratégica sobre Europa del Este y Oriente Medio. Desde la tragedia siria y la crisis de los refugiados, hasta la movediza frontera del Kurdistán.Desde la explosiva frontera en Cachemira al norte del subcontinente indio, hasta la belicosa retórica del régimen de Pyongyang. El planeta sufre una serie de conflictos que no sólo repercuten en esferas regionales o hemisféricas, sino que los efectos de cada uno de ellos afectan la seguridad global desde una perspectiva unitaria. Estamos en guerra, sí, y uno de los frentes de batalla más importante se juega en el campo de las ideas.

El reciente atentado en la ciudad de Barcelona, reconocido en su autoría por el E.I. (tal como su símil en Londres y antes en Manchester, Berlín, Bruselas, París…) es un ejemplo más de la masificación de las trincheras ideológicas. La radicalización islamista y sus manifestaciones a partir de actos terroristas representan, efectivamente, una de las guerras más importantes de nuestros tiempos. Esto no significa que las guerras convencionales hayan terminado, no es que las teorías liberales hayan prevalecido necesariamente por sobre las realistas, no es que nuestro actual estadio civilizatorio haya superado la natural inclinación humana hacia los conflictos. Al parecer, una posibilidad es que la radicalización ideológica -simplistamente atribuida sólo a islamistas integristas- ha secuestrado la atención de Occidente, poniendo énfasis en una afirmación tremendamente compleja: ‘Europa y Occidente están bajo fuego’.

En la más reciente publicación de Azar Gat, ‘The causes of war and the spread of peace. But will war rebound? (Oxford University Press, 2017), el autor pareciera ser muy asertivo al señalar que esta ola de terrorismo yihadista no pone en riesgo la existencia misma de lo que podríamos definir como el Occidente liberal. Su argumento descansa en que, paradójicamente, la amenaza ideológica del nacionalismo europeo de la primera mitad del siglo pasado infirió un peligro mucho mayor; esto, debido a que corroía desde sus propias instituciones, los fundamentos mismos de dicha estructura civilizatoria. Gat concluye su idea señalando, además, que el peligro del terrorismo islamista radical se profundizaría siempre que estas células coordinadas lograsen tener acceso a armas de destrucción masiva. Esta posibilidad, por el momento y de acuerdo a lo que sabemos, pareciera verse lejana. Que el terrorismo islamista radical es una amenaza, no cabe duda, pero cuidado de no ponderar los riesgos como corresponde.

Creo que la atención debiera ponerse en la amenaza real. Ésta -sin obviar el hecho que estos innumerables atentados afectan el corazón de la sociedad europea en lo más profundo- se hace fuerte desde la radicalización ideológica y no particularmente desde lo artesanal de sus armas. Es por lo mismo que un atropello indiscriminado, signo de la vanguardia terrorista de esta nueva ola de violencia, genera pavor no sólo en Barcelona, sino que en toda Europa. La respuesta frente a estos radicales debiera fortalecerse entonces no sólo desde los servicios de inteligencia, sino que por sobre cualquier cosa desde las estrategias de de-radicalización. Para ello, lo primero que debemos entender es que este problema no es religioso, sino que ideológico. Es más, es desde una tribuna supuestamente religiosa desde donde los ideólogos radicales conminan a sus soldados a perpetuar actos de violencia en nombre de una idea, generalmente política. El terrorismo sistemático en Oriente Medio opera de la misma forma. La violencia sectaria que atenta contra la vida de decenas de musulmanes de diversas etnias, todos los días, descansa en posiciones ideológicas, no religiosas. Recordemos esto cuando nos quieran convencer que sólo Europa sufre.

Si en una era nuclear el verdadero enemigo es la guerra en sí misma, en un contexto de radicalización, el verdadero enemigo es la sacralización de una idea que justifique la violencia y la muerte. Perseguir, combatir y eliminar a estos radicales no terminará con el problema fundamental. Perseguir y detener las ideas que alimentan a estos violentistas es un camino más certero. El gran problema es que este proceso es lento y, mientras se desarrolla, la facilidad con que el nacionalismo se fortalece es, al menos, preocupante. En suma, no podemos permitir que el miedo y la ansiedad nublen el juicio; esto es, en efecto, lo que los ideólogos del radicalismo esperan de nosotros. No por combatir a los soldados olvidémonos de los generales; no por combatir radicales olvidémonos de las ideas.

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