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Chile y la trampa de los ingresos medios

1 de Abril 2019 Columnas FIC Profesores

Hace solo algunos días, el dólar en Chile se disparó más de $10 en solo una jornada. Este lunes, en tanto, cayó $7,7. No pocas veces vemos que el peso chileno es la moneda que más cae o sube en el mundo en un solo día. Esto es parte de lo que pasa cuando un país, como ocurre en el caso de Chile, está muy concentrado en commodities y el ingreso de divisas depende de su valorización en el mercado internacional. No se trata solo de fluctuaciones anecdóticas: esto genera una inestabilidad cambiaría que hace poco atractivo invertir a largo plazo, pues cambios drásticos en el tipo de cambio pueden “mandar de espalda” a más de un inversionista.

El Índice de Complejidad Económica (ICE) analiza la sofisticación de las exportaciones de un país, como aproximación de la “multiplicidad de conocimientos que están incorporados en los productos exportados”. Según sus autores, el nivel que se alcance en este indicador tendría una influencia decisiva en la capacidad de crecimiento de largo plazo de un país, así como en la posibilidad de mejorar la distribución del ingreso. Ellos argumentan que América Latina “aún está fuertemente restringida por sus estructuras productivas centradas en recursos naturales”, en la línea del controversial articulo de Jeffrey Sachs de 1990, denominado “La maldición de los recursos naturales”.

El vinculo adverso encontrado en sus análisis estadísticos, que no demuestran causalidad necesariamente, estaría determinado por las dificultades de sofisticar la economía, ya que, las capacidades de las economías ricas en recursos naturales serían inadecuadas para transitar hacia actividades más sofisticadas, por lo que quedarían atrapadas en un segmento exportador poco atractivo, intensivo en capital y en generación de rentas con escasos encadenamientos y externalidades de conocimiento positivas que impacten el resto de la economía. Como los recursos naturales tienen límites, luego de un rápido crecimiento, estas economías quedarían, por tanto, atrapadas en la trampa de los países de ingreso medio.

Chile se ubicó el año 2017 en el lugar 61 del ICE, y redujo su tasa de crecimiento potencial de alrededor de 5%, hace más de una década, a un 3% en la actualidad. El factor principal que explicaría la baja del crecimiento potencial es la caída de la  Productividad Total de Factores (PTF). El periodo de rápido crecimiento de la productividad previo se explica por la reasignación de factores a actividades intensivas en recursos naturales. La estabilización del sector financiero, luego de su colapso en los años ochenta, y el proceso de democratización exitosa que disminuyó el riesgo país, facilitaron el rápido crecimiento de sectores exportadores vinculados a recursos naturales. Fueron precisamente estos sectores los que empujaron el carro del crecimiento y la productividad en áreas como la minería y forestal, acuicultura y pesca, así como los productos frutícolas y los alimentos procesados.

No obstante, la mayoría de estos sectores tienen restricciones naturales a su crecimiento que, además, afectan su productividad. Solo la caída de la productividad de la minería explica más del 35% de la reducción de la PTF en los últimos diez años.

Sin embargo, a diferencia de Chile, países ricos en recursos naturales como Australia, Canadá, Finlandia, Suecia, Nueva Zelandia  y Noruega, entre otros, han logrado desarrollarse, sofisticar sus economías y mejorar su distribución del ingreso, contradiciendo la ya comentada maldición. El problema, entonces, no sería la abundancia de recursos naturales, sino la debilidad de las instituciones, la escasez de capital social y la falta de competencia, condiciones adversas que generarían una cultura rentista con horizontes de corto plazo y por ende poco innovadora, que impedirían aprovechar la riqueza de recursos.

El desafío es entonces poner en el centro del debate la necesidad de extender los horizontes de decisiones de los actores públicos y privados, fortalecer el capital social para incentivar la innovación, y repensar el rol del Estado en estos ámbitos. Se debe fortalecer, en este sentido, el rol fundamental de promoción de la competencia en los mercados, pero también fomentar la colaboración para enfrentar los principales desafíos tecnológicos y de innovación sistémica que implica la cuarta revolución industrial y la transición energética. El mercado por sí solo no hará este trabajo.

Mientras tanto, lo que estamos observando a nivel local no es en absoluto alentador. Es preocupante la reducción de los presupuestos de transferencias para Innovación tecnológica en un 30% por parte de este gobierno y el menor énfasis en la innovación que vincula empresas de diferentes tamaños con organizaciones de conocimiento.

Se debe, más allá del discurso, promover la sofisticación de la economía, a través de incentivar el I&D empresarial, la innovación abierta, el desarrollo de estándares y bienes públicos necesarios para generar una trayectoria de inversión en innovación y capital humano de calidad.

También debemos recuperar y aumentar el esfuerzo de apoyar la inversión privada en I&D e innovación, tanto con un enfoque neutro, que responde a la demanda empresarial, como con foco en sectores y en tecnologías. Muchos bienes públicos, infraestructura tecnológica y física, capital humano y estándares necesarios para promover la innovación abierta, tienen especificidad sectorial. Los Programas Transforma de CORFO con un apalancamiento significativo de recursos privados son un esquema evaluado positivamente por la OCDE y el BID, que tiene alto potencial de impacto a futuro, si se mantienen gobernanzas que fortalezcan el capital social y el esfuerzo de innovación colaborativa. El momento es ahora.

 

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