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CEP: Políticamente huérfanos

29 de Octubre 2017

Poco ha cambiado la situación política del país en los últimos ocho años. Y aunque parezca una afirmación discutible, lo cierto es que si se comparan los resultados de la encuesta CEP, conocidos esta semana, con los del mismo sondeo, pero en 2009 -cuando también Sebastián Piñera aparecía en la pole position-, queda de manifiesto que así es.

Porque hay elementos que se siguen repitiendo, algunos con mayor fuerza que otros, y que debieran preocupar al conjunto de los conglomerados políticos del país.

El primero, la cantidad de encuestados que afirma no identificarse con ninguna de las coaliciones en pugna. Haciendo un ejercicio simple –no necesariamente ajustado a la realidad, pero que sirve para ilustrar el punto- si se suman quienes dicen simpatizar con el Frente Amplio, la Nueva Mayoría y Chile Vamos, en conjunto apenas llegan al 29% de las menciones, lo que habla de un sistema político en crisis y absolutamente desgastado. Aun peor, el flamante conglomerado que lideran Gabriel Boric y Giorgio Jackson –con toda la novedad y juventud que intentan encarnar- no logra tampoco aglutinar una cantidad importante de adherentes, que apenas se empinan al 4%. Por el contrario, quienes aseguran que no se sienten representados por ningún grupo, podrían perfectamente elegir un presidente y sin necesidad de llegar a segunda vuelta: un 58% de los consultados están en esa opción.

Incluso, el único empate que se produce es cuando se le consulta a los encuestados si están de acuerdo con las ideas para el país que plantea cada conglomerado. Allí, casi la mitad dice no concordar con los temas de dichos grupos. Nuevamente, quienes no adhieren a ningún programa son mayoría.

Más grave todavía es que cuando se les pregunta por su interés en el sistema político, un porcentaje mayor al que respalda al candidato más apoyado, un 47%, dice que no le importa. Es decir, uno de cada dos chilenos afirma que le da lo mismo el sistema político. Y eso sí que es complejo. ¿Qué tipo de democracia y con qué legitimidad se puede construir cuando a los representados les importa un carajo (para hablar en buen chileno) lo que suceda con el sistema con que se administra el país?

En 2009, ad portas de la elección que elegiría a Sebastián Piñera como presidente por el periodo 2010-2014, la situación no era tan distinta, aunque la cantidad de personas que dice no estar representado aumenta considerablemente. En ese entonces, a un par de meses de los comicios, un 45% de los consultados afirmaba que no se sentía cercano a ninguna coalición y uno de cada cuatro consultados decía que no simpatizaba ni con la centro derecha ni con la centro izquierda.

Otro punto en el que hay que poner la mirada es lo que sucede con el escaso votante y cómo las fuerzas se mueven dentro del espectro político: cuando a los encuestados se les consulta sobre su identificación en una especie de línea de tiempo que va desde la izquierda hasta la derecha, el grueso de los consultados se concentra en el centro y se aleja de los extremos. De hecho, un 48% asegura estar en las opciones entre el 5 y el 8 (en el centro), mientras que un 36% afirma estar en la derecha y apenas un 16% en la izquierda, un grupo que aparece desmembrado y que no logra convencer pese a tener un abanico importante de posibilidades, con cinco candidatos de sus filas.

En 2009, la situación era similar: la mayor parte se instalaba en el centro, aunque la dispersión era mayor.

Hoy el desgaste del sistema se aprecia también cuando se evalúa positiva o negativamente a las principales figuras políticas del país. El gráfico de 2009 mostraba al menos cuatro figuras por sobre el 50% de conocimiento y de aprobación: Michelle Bachelet (que también dirigía el país en ese momento), Andrés Velasco, José Miguel Insulza y Marco Enríquez-Ominami. Ocho años después, no hay un solo personaje que supere esa valla. Todos se ubican por debajo de la línea media, aunque gran parte de los nombres se repita. ¿Qué pasó con los liderazgos?

Lo que sucedió es que el desgaste ya no se circunscribe a un solo sector político y que ninguno ha sabido reencantar a la ciudadanía. En realidad, ocho años después de la elección de Piñera, solo hay dos grandes ganadores: la apatía y la molestia, con la ausencia absoluta de algún candidato que realmente congregue la necesaria fe del votante en el futuro próximo.

Así, no solo no es posible pensar en un vencedor en primera vuelta, aun cuando ahí estén las apuestas de la derecha.  En realidad, no es factible visualizar ningún liderazgo que deslumbre al chileno, que en estos días se siente políticamente huérfano en ideológicamente desamparado.

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

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