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Büchi se va, Luksic se queda

30 de Abril 2016 Noticias

 

Uno nació en Iquique. El otro en Antofagasta. Uno es descendiente de suizos. El otro es descendiente de croatas. Uno es rubio, el otro tiene pelo negro. Uno ha creado una pequeña fortuna en base a su inteligencia, el otro ha incrementado una gran fortuna heredada. Uno subió el Aconcagua. El otro subió el Everest. Uno anunció que se va de Chile por “incerteza jurídica”, el otro anunció que no tiene por qué irse. Uno es Büchi, el otro es Luksic.

Paradójicamente la vida de ambos ha estado ligada: Büchi ha sido hombre de confianza de Luksic en sus negocios. Fue director en casi todas sus empresas. Era presidente de Lucchetti cuando Luksic se juntó con Montesinos y ahora es director de Quiñenco. Y si bien han tenido una larga vida juntos, en una misma semana, ambos anunciaron que emprenden rumbos disímiles.

El primero en hablar fue Luksic, quien salió a enfrentar al diputado Rivas por YouTube, y en 6,57 minutos anunció que no se va.

La estrategia fue audaz. Se trataba de mostrar humanidad. De transmitir que a él también le afecta que lo garabateen. Y hacerlo a través de las redes sociales daba cuenta de querer entrar a la cancha del siglo XXI.

Podría haber sido una buena idea, pero salió mal. Y salió mal por tres motivos: por la inspiración, por la forma y por el fondo.

Por la inspiración, porque es dudoso que haya valido la pena contestarle a un diputado menor, de trayectoria dudosa y de un equilibrio mental discutible. Por otra parte, salir en defensa de la madre cuando se recibe el improperio “hijo de puta” parece ser siempre inoficioso. El insulto suele estar disociado de la literalidad y de la genealogía. “Cuando se abre una flor, al olor de la flor se le olvida la flor”, decía el trovador.

Por la forma, porque la puesta en escena no fue buena. Lejos de transmitir cercanía mostraba distancia. Lejos de transmitir modernidad mostraba antigüedad. La oficina, la postura, la vestimenta y el lenguaje no calzaban con los “códigos app”.

Por el fondo, porque no abordó ni mínimamente los cuestionamientos intrínsecos que ha recibido. Circunscribir el caso Caval solamente a la reunión con Compagnon es soslayar definitivamente el escrutinio público. Ampararse en tener “solo” el 40% de Alto Maipo para desligarse de un tema, que por lo demás no es tema, no parece convincente.

Pero más allá de la inspiración, la forma o el fondo, el anuncio fue que se queda. Algunos lo vieron como una amenaza velada. Que si me siguen jodiendo tomo mis cosas y me voy. Pero no parece ser así. Y Luksic tiene razón. No tiene por qué irse, pese a que haya cometido errores.

Un empresario no es un Dios, pero no tiene por qué ser un monstruo. Y los resultados de su propio interés, como decía Adam Smith, colaboran decididamente con el bien común. Aunque ellos no lo sepan e incluso aunque ellos no lo quieran. Y los Luksic están en alguna parte de ese espectro.

Pocos días después fue el turno de Büchi. Recurriendo a algo más tradicional, usó una revista para lanzar su misil: Se aburrió, tomará sus cosas y partirá. De esta forma, por Policía Internacional abandonará el país una de las mentes más brillantes que ha producido Chile.

Büchi es probablemente uno de los mejores ministros de Hacienda que ha tenido el país. Se puede criticar que su gestión fue hecha en dictadura o que su excesivo dogmatismo no habría sido sostenible en el tiempo, pero es claro que fue artífice del cambio de piel que vivió Chile.

Pero decir que se va por la incerteza jurídica del país es absurdo. No sólo porque él no es empresario, sino porque las cosas en Chile podrán estar mal aspectadas pero no han llegado tan lejos.

Por cierto, tiene todo el derecho a irse. Y al partir podrá alertar que Chile va por mal camino. Podrá argumentar que quiere emprender un nuevo desafío profesional. Podrá decir que le gusta Suiza, o por último que le gustan sus montañas o sus chocolates. Pero irse tirando el mantel parece absolutamente innecesario.

Su partida incrementa el vacío intelectual que arrastra la derecha, en la cual muchos de sus mejores exponentes intelectuales están fuera del espacio público, privatizados de la discusión intelectual y alejados de la lucha ideológica.

Büchi, en parte, ya encarnaba eso. Desde su contienda presidencial en adelante, Büchi pasó la mayor parte de su tiempo en juntas de accionistas y sesiones de directorios. Pero a través de Libertad y Desarrollo hizo un innegable aporte al debate de las ideas.

Hoy sin embargo, ha decidido partir definitivamente. Tal vez el Aconcagua le volvió a hablar. O tal vez tiene una nueva “contradicción vital”.

Chile necesita a los Büchi y a los Luksic. A los intelectuales y a los empresarios. Por cierto, el que no quiera estar puede partir. Y su pérdida será lamentada. Pero exacerbar el problema institucional declarándose “autoexiliado” parece totalmente inverosímil. Al menos por ahora.

Decano Facultad de Artes Liberales

El Mercurio – 30 abril

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