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Bolsa de gatos

26 de Agosto 2019 Columnas Profesores

No se trató de una frase desafortunada al calor de una discusión. Más bien, quedó meridianamente claro que las palabras de la ministra secretaria general de Gobierno, Cecilia Pérez, tenía un guion bien pensado y estudiado, donde ninguna palabra quedaba al azar.

“Uno solamente puede hacer una reflexión: ya no tienen pudor para tratar, a través de esta acusación, de ocultar lo que todos los chilenos queremos saber, qué relación tiene el PS con el narcotráfico”, dijo la ministra Pérez, en un intento por defender a su par de Educación, Marcela Cubillos, frente a la acusación constitucional que estudia la oposición.

Listo. La bomba atómica había sido lanzada y el Partido Socialista comenzaba a sentir las esquirlas.

Por eso, la colectividad que dirige Álvaro Elizalde se convirtió rápidamente en un cúmulo de caras rojas furiosas cuando escucharon la vocería de la secretaria de Estado. De hecho, sus palabras causaron tanta indignación en las filas socialistas, que varios de sus dirigentes –su timonel, los diputados, los senadores- salieron al unísono a criticar a la vocera, catalogando sus dichos como insultos, falta de respeto, ataque, agresión, daño a la democracia y un largo etcétera.

Tanto fue el enojo del PS, que –como bromeó la diputada Maya Fernández- por un instante olvidaron sus diferencias internas (que mantenía al partido virtualmente quebrado desde sus elecciones, en mayo pasado) y fueron capaces de unirse en torno al rechazo de la imputación. Luego, vino el golpe de vuelta: prohibición para que los ministros y subsecretarios entraran a las comisiones presididas por el partido.

En todo caso, no se puede desconocer que hay algo de responsabilidad de la propia tienda: tal como lo han criticado al interior del mismo PS, al conocerse –hace varios meses- las malas prácticas del alcalde de San Ramón, de sus filas, con líderes del narcotráfico en esa comuna, la colectividad dejó el tema en un eterno stand by. El flanco sigue abierto y la vocera solo lo aprovechó.

Pero, la verdad es que las acusaciones de Cecilia Pérez son graves. Todos conocemos qué sucede en países en que el narcotráfico efectivamente tiene secuestrado al sistema político. Y, afortunadamente, en Chile estamos lejos de lo que sucede en Colombia o México, por nombrar algunos países.

Entonces, las palabras de la ministra causan un complejo daño a la democracia y a la imagen del país. Porque no se trata de un reproche al voleo, sino de la imputación de un delito. Pero, además, el que una secretaria de Estado recurra a aquello, habla de un problema que ha aquejado al gobierno en reiteradas ocasiones: la falta de previsión, de análisis prospectivos.

¿Qué esperaba la ministra que sucediera luego de sus acusaciones? ¿Creía realmente que el PS se quedaría tranquilo y que el resto de la centroizquierda vería la pelea desde la galería? Imposible. Porque al imputarle a la tienda de Elizalde un delito, lo que hizo Pérez fue no solo unir a la colectividad, sino dar espacio a la solidaridad de la oposición para cuadrarse en conjunto.

Peor aún. Las ondas expansivas del proyectil verbal terminaron boicoteando la intención inicial de la ministra. Si lo que quería era protegerle las espaldas a la titular de Educación, lo que terminó sucediendo es que el boomerang se devolvió y terminó complicando a quien no debía afectar: al Presidente Sebastián Piñera.

En un intento por salir jugando, el Mandatario se reunió con los presidentes de la Cámara y el Senado, Iván Flores (DC) y Jaime Quintana (PPD) para tratar de descomprimir el ambiente. Pero desde La Moneda no se calculó que este tema iba a ser el plato fuerte de la cita y que los mandamases del Congreso le pedirían que se retractara de lo dicho por su subalterna.

Camisa de once varas. ¿Qué podía hacer el Presidente? ¿Salir públicamente a desdecir a su ministra? No. ¿Podía entonces respaldarla? Tampoco. Eso habría sido terminar de incendiar la pradera. Entonces hizo lo único que podía hacer: salir jugando de costado. Intentar que el impasse no quedara como el tema central de la conversación y deslizar un escueto concepto de “relación de respeto” entre los poderes del Estado.

Pero aquello no tuvo efectos positivos. Porque lo cierto es que esta discusión parece más una bolsa de gatos que otra cosa. Golpes que van y que vienen, que dañan a la democracia y a las instituciones, pero que –a la larga- terminarán convertidos en una anécdota que no servirá para anular la acusación constitucional contra Cubillos, sino que –por el contrario- ayudará a empeorar la imagen de nuestra agonizante política.

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

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