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Bienestar y malestar: Alemania 1968 y Chile 2019

27 de Diciembre 2021 CEA Columnas

Las elecciones de primera vuelta llamaron la atención por su desenlace inesperado. Si octubre de 2019 fue una revuelta contra el neoliberalismo y los “30 años”, entonces se esperaba que los resultados del 21 de noviembre no solo fuesen concordantes con la retórica de esos días, sino que su natural continuación política. Sin embargo, al menos en primera instancia, ocurrió lo contrario. La constatación de que una mayoría relativa prefirió -dicho en simple- el partido del orden y del mercado, nos lleva de vuelta al estallido social chileno. ¿Puede ser situado este fenómeno en un marco histórico más amplio que nos permita comprender mejor este movimiento pendular? Algunas menciones comparativas se han realizado con mayo del 68 francés, sin embargo, ¿es posible rescatar alguna semejanza entre el caso chileno y la revuelta estudiantil alemana de 1968?

La, así llamada, paradoja del bienestar parece ofrecer buenas razones para pensar que sí. En efecto, durante la década de 1960 el descontento de la generación universitaria alemana occidental con el aire “restaurativo” que según ellos imperaba, empezó a escalar. Esto ocurría a la par de un proceso en que las reformas, la modernización y el bienestar material se ampliaban a capas cada vez más amplias de la sociedad. De modo análogo, después del año 2000 en Chile el descontento de las generaciones jóvenes fue en aumento: primero con ocasión de la “revolución pingüina” el año 2006, después el año 2011 y finalmente el 2019.

Si bien hay elementos para pensar que el estallido social de 2019 fue más que solo una cuestión generacional, es decir, que abarcó a más capas de la sociedad, la voz cantante la llevó esa generación joven. En el caso de Chile nunca antes se había registrado -sin minusvalorar la pobreza, las precariedades y los abusos- un grado de modernización, individualización y un aumento del bienestar material como el de las primeras décadas del siglo XXI. El boom económico de los años 50 y 60 en Alemania -así como el de los años 90 y del 2000 en Chile- generó las condiciones para la expansión del consumo de masas y de la cultura de masas. En Alemania los refrigeradores, aspiradoras, lavadoras y televisores pasaron a ser indicadores de los enormes cambios en la vida cotidiana de las familias. La prosperidad trajo consigo un incremento exponencial en la automovilización, en las redes de telefonía y en las autopistas. Pero no solo la cobertura de necesidades más básicas experimentó un enorme auge. Los gustos y las preferencias individuales -ese aspecto constitutivo de la modernidad-, retratadas en viajes y vacaciones en el extranjero, visitas a restaurantes y otras formas de consumo, pasaron a ser patrimonio de capas cada vez más amplias de la población.

El Chile de los años 90 y 2000 fue escenario de un proceso similar en el que, en vez de electrodomésticos, las casas se llenaron de celulares y en el que el ritual de los malls, la propensión al consumo y las visitas a restaurantes se masificaron. Así, Chile se convirtió en una sociedad moderna, en la que el bienestar trajo consigo una democratización social al nivelar las diferencias -sin desaparecer por ello las clases socioeconómicas- y en la cual lo que antes era exclusivo y patrimonio de una élite social pasó a ser objeto de consumo masivo. Con todo, el año 2019 se vino encima un estallido de protesta y violencia especialmente virulento.

Pero, ¿por qué justo cuando se había alcanzado el mayor nivel de desarrollo económico y bienestar material? Una pista, así como para el caso de Alemania, la podemos encontrar en un autor del siglo XIX. Alexis de Tocqueville postuló, con ocasión de sus observaciones sobre la democracia en América, que el mayor progreso socio-económico así como el incremento de la igualdad fundamental traerían consigo niveles más altos de descontento y frustración. Esto porque los bienes materiales, dice Tocqueville, en definitiva, no satisfacen, y si es que lo hacen, solo de manera fugaz. En efecto, en una sociedad de mayor abundancia material es probable que el individuo viva aguijoneado y “siempre agitado” por la expansión del deseo. Al retroceder las grandes desigualdades aparecerán y provocarán molestia -alimentadas por la comparación y la envidia- las pequeñas desigualdades, abriendo así el camino al hastío y al disgusto del bienestar. La crisis de 2019 no admite una explicación monocausal, eso sería un simplismo excesivo. No obstante, la paradoja del bienestar no es un factor menospreciable detrás de los estallidos en Alemania en 1968 y en Chile en 2019.

Publicada en La Tercera.

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