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Baquedano, historia de una estatua

15 de Marzo 2021 Columnas

El día jueves en la madrugada fue retirada, en medio de la polémica, la estatua del general Manuel Baquedano. Luego de 93 años, el monumento fue desmontado “entre gallos y media noche”, en una imagen muy distinta a su inauguración, ocurrida el 18 de septiembre de 1928.

Sin querer entrar en la polémica, respecto a los beneficios o perjuicios de su traslado, me interesa profundizar en esa fecha y las razones que llevaron al presidente Carlos Ibáñez del Campo a instalar esa monumental estatua de uno de los generales más destacados -y polémicos- del siglo XIX.

¿Qué ocurría en Chile y el mundo en 1928? En Italia, el movimiento fascista comenzaba a vivir su fase expansiva. Los cambios radicales implementados por Benito Mussolini empezaban a mostrar sus primeros resultados y su ejemplo era mirado con atracción y simpatía por los militares latinoamericanos. Su gobierno autoritario no era la excepción. Si bien faltaban algunos años para la llegada de Adolf Hitler al poder en Alemania, existían otros experimentos similares, aunque no tan extremos, como la “dicta-blanda de Primero de Rivera en España.

En Chile, la flamante Constitución de 1925 no fue impedimento para que el general Ibáñez del Campo tomara el poder y empezara a gobernar pasando por arriba del Congreso. El propio Ibáñez, señalan Collier y Sater, no mostraba ningún descontento cuando era descrito como el “Mussolini” chileno. En una entrevista, alabó su política social, “encaminada a la elevación material y moral de pueblo”.

El periodo entre guerras fue una época cuando el nacionalismo y racismo estaban de moda e iban de la mano. En esta línea, el caudillo Ibáñez y sus seguidores, señala Gonzalo Vial, “se convencieron de que, en verdad estaban dando forma a un Chile Nuevo”.

Parte de ese proyecto implicaba, por ejemplo, en el ámbito educacional, enfatizar el amor patrio. “Hecho en Chile” debía ser, de aquí en adelante, un motivo de orgullo y no de desconfianza, cuestión que se materializó a través de una política de nacionalización de algunas empresas y también de medidas proteccionistas.

En el ámbito internacional, todavía no se definía el futuro de Tacna y Arica, arrastrando una situación de indefinición que se prolongaba desde el fin de la guerra del Pacífico en 1883 y que implicaba una fuerte propaganda a favor del país.

El plan de Ibáñez para Chile debía ser, en contraposición a los políticos, práctico y concreto. Debía materializarse y lo hizo a través de un sin número de obras, algunas más útiles que otras. Siguiendo la propuesta estadounidense -misión Kemmerer-, se implementó un gigantesco plan de inversiones, lo que se tradujo en gasto y, por supuesto, endeudamiento.

Aplastada la oposición, el dictador tuvo el poder para transformar en realidad sus sueños de grandeza para Chile. Algunos indiscutiblemente necesarios: caminos, ferrocarriles, agua potable, alcantarillado, hospitales, viviendas populares, escuelas, puertos y obras de regadío, entre otras iniciativas. Otras obras, en cambio, fueron “faraónicas o superfluas, o al menos innecesarias para el Chile de la época”, dice Vial: piscinas, el palacio presidencial del Cerro Castillo, la restauración de La Moneda, entre las más importantes. Sin embargo, su proyecto emblemático era la creación de un barrio cívico que incluía edificios para los Ministerio de Hacienda, Guerra y Marina, y una nueva vivienda presidencial que prometía ser apoteósica.

En este contexto, externo -disputa por Tacna y Arica- e interno -el Chile nuevo-, hay que entender la instalación de la estatua de Manuel Baquedano en 1928. En ese momento, el general Baquedano, el principal ejecutor de la victoria de Chile en la Guerra del Pacífico, aparecía en la memoria colectiva como un ejemplo de la superioridad social, militar y racial de Chile frente a sus vecinos.

El paso del tiempo, no obstante, dijo lo contrario. El general Ibáñez y su agresiva política económica se encontraron de bruces con la crisis bursátil de Estados Unidos. Con un Chile hipotecado, tuvo que salir del poder y otros tuvieron que hacerse cargo de sus deudas. Su “barrio cívico” quedó archivado y el monumento de Baquedano no resistió el paso de los años.

Más allá del fracaso que implica el retiro de la estatua en términos de orden público, hay que reconocer que mucho antes del 18 de octubre de 2019, la figura del general era una simple comparsa de celebraciones que nada tenían que ver con su historia: desde la coronación de Cecilia Bolocco como la mujer más linda del mundo, hasta las medallas de oro de González y Massu. Ni siquiera su nombre, Baquedano, alcanzó a colarse en la cultura popular que terminó reconociendo esta rotonda, simplemente, como Plaza Italia.

En fin, los monumentos representan los valores, modelos, sueños o aspiraciones de una sociedad. Aunque Baquedano, hace tiempo, había dejado de serlo para la mayoría de los chileno, es una lástima que su salida sea fruto de la violencia y no de un acuerdo que busque reemplazarlo con algo que nos una y represente. Debe ser porque, salvo la vacuna contra el coronavirus, hoy no hay nada que lo consiga. En definitiva, el pedestal vacío puede ser un símbolo de esa falta de consenso. Sería bueno dejarlo así, hasta que encontremos algo que vuelva a unirnos.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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