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Bandas rivales

28 de Diciembre 2020 Columnas

La semana dejó dos imágenes que son un símbolo del Chile actual: la gente eufórica gastando sus ahorros previsionales en regalos de Navidad y el crimen organizado llevando a cabo en plena calle una serie de ajustes de cuentas. Imágenes que confirman un país donde el sentido de la responsabilidad va dejando de existir y donde el apetito consumista parece justificar cualquier cosa; total, mañana el Estado tendrá los recursos para financiar incluso pensiones dignas. En paralelo, el cumplimiento de las normas también ha sido puesto en el congelador: si los ricos hacen trampa, todos tienen el mismo derecho; si la mayoría parlamentaria puede desconocer la vigencia de la Constitución, las bandas rivales pueden resolver sus diferencias a balazos.

En el último año, un sector relevante de la sociedad se dedicó de manera sistemática a horadar el estado de derecho y el imperio de la ley. No es extraño entonces que ya se observen en las calles algunas formas del “Lejano Oeste”. Cualquier cosa está permitida a la hora de hacer valer los intereses propios; lo que cada uno quiere automáticamente se convierte en un derecho. Después de sus incontables abusos, las fuerzas de orden no tienen ya autoridad moral para imponer nada. En el delirio de la igualdad, también el narcotráfico siente que es legítimo saltarse todos los torniquetes.

Vivimos un tiempo donde la legalidad se degrada todos los días y donde el orden público solo es visto como una coartada de los poderosos; en el fondo, ello no está desligado de una circunstancia política: hace ya una década diversos sectores decidieron arrastrar al país a esta lógica de bandas rivales, es decir, a no reconocer legitimidad a sus oponentes, y considerar las normas e instituciones un impedimento para lograr sus objetivos. La intolerancia, el odio y la normalización de la violencia pasaron a ser así ingredientes de una forma de vida.

La anécdota es que ahora también nos convencieron de que el próximo año tendremos un proceso constituyente donde las bandas rivales mostrarán su voluntad de acuerdo y restablecerán el imperio de la ley. Casi por arte de magia, volveremos a la responsabilidad, al diálogo y el entendimiento. Nos pasaremos dos años reconstituyendo nuestra convivencia, apelando a la buena fe de los que se acostumbraron a funcionar con la pistola sobre la mesa. Los mismos que nos han enseñado que la Constitución y la ley no valen, que el secreto está en exigir derechos al Estado y que los adversarios no tienen autoridad moral para gobernar, serán lo que van a sentarse precisamente con esos adversarios para ponerse de acuerdo.

Suena irónico, pero es verdad que Chile hoy no tiene más alternativa que la voluntad y la capacidad de entendimiento de aquellos que han hecho de la confrontación su manera de participar en la sociedad. Porque la otra opción es simplemente el abismo, ese en el que están y del que no logran salir muchos países de América Latina.

Publicada en La Tercera

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