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¿A quién le habla el Presidente?

11 de Noviembre 2019 Columnas Profesores

“Se puede caminar y mascar chicle al mismo tiempo”, dijo la senadora Jacqueline Van Rysselberghe el viernes, a propósito de los cambios que ha tenido el discurso del Presidente Sebastián Piñera, a raíz del estallido social que vive Chile hace ya tres semanas y que no parece tener visos de solución en el corto plazo.

Esta mixtura contradictoria del Mandatario, ha variado desde decretar Estado de Emergencia; afirmar que el país se encuentra en estado de guerra; anunciar la agenda social –a partir de las peticiones de los manifestantes-; abrirse a una nueva Constitución; manifestar su convencimiento de que la ciudadanía se está “expresando” y de que “necesitamos unidad”; para terminar esta semana anunciando una dura agenda en contra de las alteraciones al orden público y con la polémica citación al Consejo de Seguridad Nacional (Cosena), que hizo a más de alguno recordar tiempos de dictadura y a otros, como los timoneles del Senado y la Cámara, argüir su inaplicabilidad para el momento que se vive y que nada tiene que ver con ese organismo.

Lo cierto es que el jefe de Estado ha caminado y mascado chicle de manera bastante poco lógica y sus vaivenes más se han asemejado a una contradicción vital, que a una política coherente y pensada. Parece que –luego de tres semanas- la improvisación sigue siendo la tónica, en un país que cambió del cielo a la tierra.

En realidad, todos los actores políticos aparecen perdidos, sin un norte claro, intentando dar brazadas de ahogado, para mantenerse a flote ante una ciudadanía indignada, pero diversa, y ante la inexistencia de interlocutores con los que negociar. Entonces, el Presidente intenta conversar con el Parlamento e incluye al Poder Judicial, intentando generar una postura común entre los tres poderes del Estado, pero sin que ninguno logre conversar con la calle. Entonces, finalmente cada uno actúa por su cuenta y sin coherencia: el gobierno entre el diálogo y la mano dura; el Parlamento apurando algunas medidas –como reforma tributaria o proyecto de las 40 horas- y planteando iniciativas al aire, como bajar la dieta de los senadores y diputados o limitar la reelección. Por otro lado, aparecen los alcaldes, que lentamente intentan concentrarse en la idea de los plebiscitos comunales, mientras hacen frente –algunos- a los destrozos de sus localidades.

Y la gente sigue en la calle.

Porque las intervenciones del Presidente tampoco logran eco en la ciudadanía. Será problema de comunicación o llanamente que no sabe a quién hablarle y la mayor parte de las intervenciones quedan en el mundo político, sin permear al ciudadano común.

De hecho, el problema es mayúsculo para la clase política: no saben con quién dialogar, dado que hay tres “chiles” muy distintos, que han emergido durante décadas, ante la ignorancia o el desdén de las élites, y con los que hoy nadie sabe cómo hablar.

En primer lugar, está el Chile de la ciudadanía esforzada, cansada, indignada, que se manifiesta después de décadas de paciencia, harta de ser el jamón del sándwich, de raspar la olla y de tener que hacer malabares para llegar a fin de mes, mientras ven –por ejemplo- que un diputado encuentra que su sueldo –que supera los 6 millones- no le alcanza. O que una ex titular de la Junji consideraba su sueldo “reguleque”, pese a que alcanzaba los 3 millones de pesos. O que un entonces ministro los manda a levantarse más temprano para evitar las alzas del metro y que otro piensa que las colas en los consultorios se deben a que la gente va a hacer vida social allí. Este grupo se siente desolado, burlado durante décadas.

Luego, está el Chile violento. Ese que proviene de los sectores más abandonados de nuestra sociedad, los niños Sename, por ejemplo, que ni siquiera se sienten parte del sistema que quieren destruir, porque –en la realidad- el país los ha dejado botados, absolutamente fuera del espejismo de prosperidad que construimos en los últimos 30 años.

Y finalmente está el Chile asustado. Ese país que ha gozado –en mayor o menor medida- ciertos privilegios que hoy ve peligrar. Otros, como las pymes, que ven cómo su esfuerzo de toda la vida se destruye en manos de los violentistas. Una parte de la amplia clase media, que tiene miedo de que su negocio sea violentado, que su casa sea invadida o que su familia sea vulnerada.

¿A qué Chile le habla entonces Piñera? ¿Es que sus vaivenes tienen que ver con que no sabe a qué parte de este convulsionado país dirigirse? ¿O es que dialoga con un Chile distinto cada día?

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

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